Aprender a Pensar

Repensar la Educación

“Félix qui RERUM potuit cognoscere CAUSAS”

Augusto Ibáñez

FSM

Agua embotellada: un recurso natural convertido en negocio de alto impacto medioambiental

escrito el 1 de mayo de 2011 por en El porqué de las cosas,Energía y medioambiente

Leo en Scientific American que el agua embotellada es la bebida refrescante más consumida en Estados Unidos, después de la Coca Cola y la Pepsi Cola. Solo en USA, los norteamericanos consumen unos treinta mil millones de litros de agua embotellada cada año, es decir, unos cincuenta mil millones de botellas, principalmente de plástico. Todo el mundo conoce la procedencia de este plástico, pero las cifras marean:  según el Earth Policy Institute, la fabricación de botellas de plástico para atender la demanda de agua embotellada en USA requiere anualmente más de 1,5 millones de barriles de crudo, “equivalentes al combustible necesario para mover unos 10000 vehículos durante un año”.

Me surgen de inmediato dos cuestiones:

  • Primero, ¿qué se ha roto en la lógica de la humanidad para que un recurso natural se haya convertido en una bebida comercial? ¿Acaso el milagro de disponer de agua potable, sanitariamente controlada y barata en los grifos de todos los hogares del Primer Mundo no es suficiente?
  • Y segundo, ¿qué coste/impacto medioambiental tendrá esta extravagancia de nuevo rico? Aunque el Primer Mundo pueda permitírsela, ¿es sostenible para el planeta?

La primera cuestión es retórica; va ligada al esnobismo de nuevo rico, y lamentablemente tenderá a aumentar, como toda estupidez, con aguas embotelladas procedentes de los lugares más recónditos de la Tierra. Cuanto más exótico mejor y exclusivo mejor, es la lógica huera del nuevo rico.

La segunda es más cuantificable. Según el Container Recycling Institute (CRI), anualmente se usan unos 2,7 millones de toneladas de plástico derivado del petróleo para envasar agua. Un coste medioambiental brutal, a pesar de la sempiterna presencia del logo “reciclable” que llevan todas las botellas, para tranquilizar conciencias. Pero es puro marketing, como denuncia el informe del CRI: el 86% de las botellas de plástico en USA acaban en el vertedero, y no se recicla. ¡Cuántas aberraciones medioambientales se esconden detrás de ese logo, que bendice y ampara tanto despilfarro de recursos!

La paradoja es que aunque el coste del agua embotellada pueda ser miles de veces superior al del agua del grifo, no ocurre otro tanto con su calidad. Por ejemplo, en una ciudad como Madrid, donde las fuentes están meticulosamente controladas, la calidad organoléptica del agua del grifo es superior a la de muchas aguas embotelladas. A pesar de eso es difícil encontrar restaurantes madrileños que acceden a servirte agua del grifo, porque una buena parte de sus ingresos procede del agua embotellada.

Al menos el agua de los restaurantes viene en botellas de vidrio retornables, es decir, que se pueden reutilizar una y otra vez (espero que en la planta de aguas y no rellenando con agua del grifo, como algunos establecimientos te hacen sospechar). En resumen, si consumimos agua embotellada, procuremos al menos que sea de envases de vidrio, retornables; no de plástico “reciclable”, por favor.


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Los fumadores no son tan peligrosos como los políticos

escrito el 4 de enero de 2011 por en General

Leo en la prensa que Facua ha recibido una avalancha de denuncias contra establecimientos que se saltan la nueva ley antitabaco, hasta el punto de que se han visto desbordados en su planteamiento inicial de trasladar las denuncias a las consejerías de Sanidad de las comunidades autónomas. Me entristece esa respuesta masiva a tan patética llamada a la delación, alentada desde el mismísimo ministerio de Sanidad, por varios motivos:

Primero, porque ayuda poco a la cohesión social; solo sirve para abrir aún más la brecha entre ciudadanos y alimentar la exclusión. Basta leer los foros de la prensa para ver el nivel de agresividad e insultos entre fumadores y no fumadores (o más bien exfumadores, que son especialmente agresivos contra los que no han seguido sus mismos pasos).

Segundo, porque percibo cierto ensañamiento contra los fumadores, resultado de la insana costumbre de “hacer leña del árbol caído”. ¿No existía ya una norma que obligaba a crear espacios específicos para fumadores? ¿Por qué alimentar el disfrute maquiavélico de machacar aún más al fumador?

Tercero, porque la norma es sesgada y, por tanto, objetivamente injusta. La nueva ley se posiciona al 100% contra el humo del tabaco y excluye completamente otros humos igualmente tóxicos. ¿Cómo debe de sentirse un fumador al que alejan como apestado por los humos que produce con su pitillo cuando le obligas a respirar los humos nocivos producidos por otros, por ejemplo con sus vehículos? ¿No existe un claro desamparo?

Podría argumentarse que el humo del cigarrillo es singularmente tóxico, pero objetivamente no lo es más que otros gases producidos por la actividad humana. Permítanme revisarlo en dos lejanas experiencias:

  • Recuerdo viajes de avión, hace más de una década, en que se podía fumar a partir de una determinada fila. Para los viajeros de atrás era un suplicio aguantar a los de las filas delanteras que se iban a la zona de cola para echar un pitillo, pero no se conocen víctimas mortales inmediatas por este motivo. Sin embargo, si en uno de esos vuelos se hubiera producido una filtración que introdujera en la cabina los gases de la combustión de los motores, todo el pasaje hubiera muerto en poco tiempo.
  • También recuerdo haber viajado en autobuses donde mucha gente fumaba, sin que se produjeran víctimas inmediatas. Pero si el tubo de escape se hubiera introducido en el interior del autobús, pocos habrían sobrevivido a un viaje largo. No es una hipótesis; los nazis ya probaron esta forma de exterminio, con camiones cerrados en los que hacían entrar los gases de escape.

Se conocen muertes por intoxicación de personas que dejaron el coche encendido en un garaje cerrado, pero no hay noticias similares procedentes de garitos apestados de humo de cigarrillos. Desde luego, basta con respirar el humo del tubo de escape para producir víctimas mortales, algo que no ocurre de forma inmediata por muchos cigarrillos que fume la gente de tu alrededor. Es decir, a efectos prácticos parece más peligroso el humo de un motor de combustión que el de varios pitillos. De modo que un peatón que además sea fumador estaría moralmente autorizado a decir: “Bien, acepto dejar de fumar pero no me obliguen a respirar los humos igualmente nocivos producidos por otros”.

De hecho, la toxicidad de esos gases no es un asunto menor. No es solo el monóxido de carbono, ni los óxidos de nitrógeno, ni los humos. Hay que añadir los gases orgánicos no quemados y, especialmente, algunos componentes aromáticos altamente cancerígenos que se utilizan en algunas mezclas antidetonantes (en sustitución del nocivo tetraetilplomo). ¿Qué pasa con esos gases cuando no son destruidos por deficiencias en el proceso? ¿Qué pasa cuando el catalizador que debe acabar con los restos se envenene y deje de ejercer su función? Recuerdo que cuando surgió la gasolina sin plomo, subvencionada para forzar el cambio, un vecino me explicó que muchos talleres te ajustaban la combustión para que el vehículo antiguo, sin catalizador, pudiera gastar gasolina sin plomo, mucho más barata. “Todo el mundo lo hace”, me aseguraba. Claro que al no disponer de catalizador los peligrosos residuos cancerígenos salían directamente a la atmósfera. Pero, ¿a quién le importaba esto? Desde luego no a aquel vecino que, sin embargo, odiaba el humo del tabaco (me lo imagino regodeándose con la nueva ley).

La ampliación del ámbito coercitivo no era necesaria para proteger al no fumador, que ya disponía de espacios libres de humo, pero se ampara en la protección de los empleados que atienden los lugares para fumadores. La idea está bien, pero seamos consecuentes: ¿Vamos a prohibir, en consonancia, que circulen autobuses por las ciudades para proteger a los policías municipales que deben pasar el día en la calle? ¿O a prohibir la entrada de coches en los aparcamientos subterráneos para proteger a los vigilantes? Perdón por estas caricaturas, pero a veces hay que llevar las cuestiones al absurdo para expresarlas mejor.

Había olvidado decir que NO soy fumador, pero me inquieta este tipo de medidas tan radicales (y discrecionales, a la vista de otros temas graves sobre los que no se actúa igual) ante la sospecha de que me alcancen tarde o temprano. “Si no es esta, podría ser la siguiente. ¡Qué mal rollo ver que ponen tanta energía (autoridad) en esta insignificancia!”.


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Libros, amores y traiciones imperdonables

escrito el 23 de octubre de 2010 por en General,Personal

En la librería de un híper, donde las obras se disponen en “lineales” como las verduras, los lácteos y los artículos de limpieza, es difícil atinar en la selección de un libro. Por si fuera poco, el retráctil plástico que lo preserva del sucio manoseo por dedos que vienen de la fruta y de los congelados, deja pocas posibilidades a una cata inicial. Así que uno debe dejarse guiar por atributos externos y, especialmente, por la portada. Cualquier cosa es mejor que preguntar al empleado, que observa el lineal con gafas de reposición, como las que emplea en la zona de bollería, mientras comprueba la fecha de caducidad de los donuts. “Éste es el que se vende más”, es la máxima información útil que lograrás extraerle.

De modo que es la portada -con la globalidad de sus atributos, claro- la responsable del amor a primera vista. Tras el flechazo sostenemos delicadamente el libro entre las manos con cierta excitación, como tratando de anticipar los momentos de gozo que nos deparará. Y desde ese momento el libro pasa a ser un objeto especial. Lo pondremos en una zona protegida del carrito -generalmente, la destinada a transportar a los bebés- a salvo de las hortalizas, el detergente y el pescado y, al paso por caja, destinaremos una bolsa única para él, elevándolo a la categoría del crianza que también acabamos de adquirir.

Pero el acto no se consumará en el híper, ni siquiera al llegar a casa. Habrá que esperar a ese momento especial, de intimidad absoluta, para descorchar el vino, tomar el libro y dejar que se desaten las emociones. Con taquicardia, retiramos el retráctil -a veces con cierta rudeza, superados por la impaciencia- abrazamos el ejemplar y deslizamos ávidamente la mirada bajo sus cubiertas. Pocas experiencias son tan gratas como las de acariciar un buen couché, explorar delicadamente sus entrañas con tu dedo húmedo (el dedo pasapáginas, claro) e, incluso, oler su interior. Y si esto solo es el principio, qué será cuando nuestra mirada recorra cada carácter, cada línea, cada capítulo, y nuestra mente se funda con la obra en esa magia cálida que solo aporta la lectura.

Lamentablemente, ese umbral hacia el éxtasis es, con frecuencia, un anuncio de desastre, agravado por el fraude a nuestras expectativas, previamente reforzadas en el paso por caja. Abres el libro y encuentras una pésima edición y, lo que es peor, una historia banal, y se te cae de las manos con tu ánimo detrás, por el sumidero de la decepción. Hay quien tratando de salvar los muebles se impone una lectura rutinaria, como quien se impone cien abdominales cada tarde, pero yo prefiero pasár página y olvidar el fracaso cuanto antes. Existen demasiadas obras buenas por descubrir como para perder un tiempo precioso en el libro equivocado.

Y es que elegir libro en un hipermercado es tan arriesgado como conocer a una chica en una noche de copas. Bajo una música estridente las conversaciones se reducen a voces entrecortadas y gritos de comanda. La comunicación se basa en lo gestual y en el roce físico. Te engancha el aspecto externo, la portada de la chica, pero no hay forma de penetrar en su alma; de ahí el riesgo en la elección. Unos días después quedas con ella en una terraza tranquila, exploras ilusionado su interior y descubres, atónito, que no hay nada; todo era fachada.

Claro que no resulta fácil adentrarse en el interior de una persona que te ha deslumbrado por su aspecto externo -don José Ortega decía, cabalmente, que “ante una mujer extraordinariamente bella, uno se siente turista, en vez de amante”-, porque conocer el interior exige tiempos largos de conversación, de lectura pausada, de narración común, de recrear la historia y reinventarla juntos. Por eso cuando hace años aparecieron los chats de Internet, pensé que serían herramientas ideales para el enamoramiento. En aquellos chats iniciales, sin posibilidad de ver al otro, solo podías presenciar su interior. Y quien lograra encontrar a alguien sincero tendría garantizado un acceso privilegiado a su alma, sin los engañosos espejismos del físico. De modo que aventuré que los enamoramientos vía chat serían más profundos y duraderos que los habituales. Una vez enganchado del interior del otro es fácil asumir su aspecto externo, convertido en mero contenedor de un tesoro. ¿Qué importa que el libro sea feo si su historia es única?

No sé si esto será realmente así, pero al menos hay una historia que lo corrobora, una historia real. Amy Taylor, de 28 años, conoció a David Pollard, de 40, a través de un chat. Se enamoraron y decidieron casarse, primero con sus respectivos avatares en Second Life, y luego en un juzgado real. Aunque la realidad –dos personas muy obesas, de contexto económico modesto- nada tenía que ver con la de sus atléticos y ricos avatares, primó el gancho del interior frente al de la portada. Pero lo inaceptable es que Amy pilló a su marido –a su avatar, más bien- con una prostituta virtual en Second Life y, más tarde, flirteando con otros avatares femeninos. Amy se sintió tan traicionada que no dudó en solicitar el divorcio. Y con razón. Una cosa es un desliz puntual en el mundo real, gobernado por lo físico, y otra muy diferente es tontear con el interior. Si lo virtual es más sólido que lo físico a la hora del enamoramiento, también debería ser más exigente a la hora de la fidelidad.

Si bien sería duro saber que tu compañera ha tenido una aventura con un “boy” en una despedida de soltera, resultaría insoportable compartir con otro la emoción de penetrar en su alma, obviamente un espacio virtual. Si ella dejara a un extraño leer las páginas que solo abrió para ti sería una traición imperdonable.


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La mujer como elemento indispensable… para la inteligencia colectiva

escrito el 12 de octubre de 2010 por en El porqué de las cosas,General,Tendencias

Sí, ya sé, es un remedo de paráfrasis, bastante simplista, de aquel loco divertimento de Jardiel -“La mujer como elemento indispensable para la respiración”- por lo que pido disculpas, pero es a la vez un título pertinente para sintetizar lo que viene a continuación, que es bastante serio, créanme.

A primeros de este año se abrió un interesante debate en Aprender a pensar en torno al artículo de The Gray MattersLa gente es idiota; los grupos de gente no”, que apuntaba hacia el concepto de la inteligencia colectiva. En la misma línea escribí entonces, también en este portal, el artículo “Colectivos inteligentes con individuos idiotas: la naturaleza ya lo había inventado”, donde presentaba un curiosísimo caso de inteligencia colectiva en unos mohos ameboides unicelulares, y acababa con una provocación y una hipótesis:

“¿Imaginan lo que podrían lograr los seres humanos, infinitamente más inteligentes que una ameba, si fueran capaces de imitar un comportamiento similar? Probablemente, cuanto mayor es la inteligencia individual más difícil es crear una inteligencia colectiva, porque esto requiere sacrificios extremos que son incompatibles con un individualismo sobrevalorado.”

Sin embargo, debo reconocer que al aventurar que la inteligencia individual iba en detrimento de la inteligencia grupal -¿qué otra cosa podría decir ante ese comportamiento tan inteligente de las amebas?-, me precipité claramente. Rectifico gustoso tras leer esta mañana el artículo “Demostrada la existencia de la inteligencia colectiva” –de título bastante más impreciso, por cierto, que el de este post– que recoge las conclusiones de un trabajo de investigación del MIT, donde se pone de manifiesto que la inteligencia individual no influye en la grupal, ni para bien ni para mal.

En la investigación a que se refiere el artículo se propusieron diferentes tareas a unas setecientas personas, y se midió su rendimiento al resolverlas de forma grupal y de forma individual. Los investigadores detectaron mejoras significativas en el rendimiento de los grupos, que se tomaron como medida de la inteligencia colectiva. Ya se ve que llamamos inteligencia grupal o colectiva al fenómeno que se presenta cuando el rendimiento del grupo supera las capacidades cognitivas individuales de cada uno de sus miembros, algo muy claro en el ejemplo de las amebas sociales al que antes hacía alusión.

La investigación deja claro que lo que influye fuertemente en la inteligencia grupal es lo que llaman “sensibilidad social” de los miembros del equipo, es decir, la flexibilidad para aceptar las tareas y para que todos tengan oportunidad de aplicar sus competencias al reto propuesto. Por tanto, la inteligencia social no está reñida con la inteligencia individual, sino con la dominancia, el individualismo y la resistencia a cooperar.

Los grupos con más inteligencia colectiva son los que presentan una mayor capacidad entre sus miembros para percibir las emociones del resto. Y sociológicamente hablando, ¿qué colectivo de personas tiene más capacidad para percibir las emociones de los demás? Pues sí, las mujeres. De modo que la inteligencia colectiva de un grupo debería correlacionarse positivamente con el número de mujeres presentes en él.

Y así es. Los investigadores del MIT comprobaron que los grupos que contaban con un mayor número de mujeres demostraron tener una mayor sensibilidad social y, en consecuencia, una mayor inteligencia colectiva, en comparación con los grupos con menos mujeres. De modo que los datos confirmaron que el nivel de inteligencia colectiva de un grupo se correlacionaba claramente con la proporción de mujeres en el mismo.

De esta investigación se derivan aplicaciones inmediatas para las organizaciones. Para aumentar en ellas la inteligencia colectiva los investigadores proponen cambiar a los miembros excesivamente dominantes o enseñar a los equipos mejores formas de interacción. Claro que evitan decir lo obvio, y es que para mejorar la inteligencia colectiva hay que favorecer e impulsar la presencia de mujeres en los equipos.

¿Era necesaria una compleja investigación del MIT para concluir esta obviedad? Pues sí, porque aunque todo individuo dotado de un mínimo de objetividad y sentido crítico intuyera la gran aportación de la mujer a la inteligencia grupal, clave en cualquier organización, la tesis adquiere mucho más alcance tras ser corroborada por los datos experimentales.


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Adoradores de la ciencia, el nuevo becerro de oro

escrito el 26 de septiembre de 2010 por en El porqué de las cosas,General,Tendencias

El último libro de Stephen Hawking, The Grand Design (Bantam 2010), ha destapado la caja de los truenos contra todo lo que suene a religión y sentimiento de misterio, de modo que en cuanto se anunció, periodistas, blogueros y tertulianos se apuntaron a una nueva caza de brujas, con la ciencia a modo de ariete, y eso desde antes de que estos destroyers mediáticos hubieran accedido a la publicación. Los argumentos con que cargan suelen ser bien escasos. Lamentablemente todo su argumentario se limita a una fe ciega en la ciencia, un rancio cientifismo de raíces positivistas, que seguramente se nutre en la penosa incultura científica de nuestra sociedad.

La paradoja es que pasamos desde una atribución acientífica a un ser sobrenatural de aquello que no entendemos, a atribuirlo, también de forma acientífica, a un nuevo mito. Digo eso porque esa  supuesta “Ciencia” omnisciente y todopoderosa es un nuevo ídolo, un nuevo dios con otro nombre. Y lo que está ocurriendo es una mera trasposición dogmática de las inquietudes humanas desde el ámbito de la religión al ámbito de una entelequia llamada “Ciencia”, pero que no tiene nada que ver con la verdadera ciencia.

Los filósofos de la ciencia, como el gran Popper, dejan bien claro que la ciencia es exactamente lo contrario de esa fe ciega y, además, incompatible con ella. La ciencia, en palabras de Popper, “es una aproximación a la verdad a través de la crítica”. Es una gran empresa humana, con un método excelente de aproximación  a la verdad a través de los métodos científicos, y por eso es el motor del progreso de nuestra sociedad,  pero también tiene sus limitaciones:

  1. Una limitación tiene que ver con la falsabilidad: solo pueden ser objeto de la ciencia las hipótesis falsables, es decir, susceptibles de que se pueda comprobar que no son verdaderas.  En caso contrario no podríamos hablar de una hipótesis, sino de un dogma. Por ejemplo, la ciencia no podría debatir sobre el sexo de los ángeles, ni sobre la existencia de Dios.
  2. Otra limitación tiene que ver con el propio método de la ciencia. Escribía recientemente John Horgan en Scientific American: “La ciencia trabaja sobre preguntas que pueden ser contestadas, al menos en principio, y la filosofía sobre cuestiones que no tienen respuesta”.  Más bien, la filosofía trabaja sobre las fronteras del conocimiento, incluidas las de la ciencia.  Por eso, el avance de la ciencia va ganando terreno a la filosofía. Incluso se está adentrando en el territorio de la mente, a través de la neurociencia, y desvelando incluso las raíces de la moralidad. Pero aunque los científicos puedan acercarse a los lugares del cerebro que gestionan la moral y explicar cómo trabajan, no podrán decirnos cómo debemos vivir. Es la diferencia entre el “es” del científico y el “debe ser” del filósofo, que seguirá tratando de formular reglas morales. Como dice el citado artículo, La diferencia entre un científico y un filósofo es que ante una pregunta que nunca podrá ser contestada, el filósofo siempre puede emplear la argumentación. De hecho, el progreso filosófico no está tanto en la precisión de las respuestas como en el refinamiento del debate.

En su artículo, Horgan se refería de forma muy ácida al químico inglés Peter Atkins, un personaje “tan ateo que a su lado Richard Dawkins parece el Papa”. Precisamente, este verano estuve releyendo un par de libros de Atkins, “Galileo’s finger”, una reflexión sobre la ciencia y la evolución, creo que aún no  disponible en versión castellana, y “La creación”, un curioso libro que publicó Salvat en los ochenta. En esta obra, Atkins presentaba una argumentación muy original para justificar la hipótesis de que Dios no es necesario, y su lectura es fluida y consistente hasta llegar al final del libro, cuando trata de abordar la gran pregunta  “¿Por qué hay algo en vez de nada?” Ahí, la argumentación se hace tan retorcida y las tesis tan inverosímiles que, sin quererlo, acaba por reforzar las tesis deístas, tal es la sensación de fracaso en su intento de justificar la hipótesis inicial, aunque esto es una opinión personal, lógicamente. El libro me transmite cierta esquizofrenia, entre una explicación científica coherente después del Big Bang y otra fantasiosa y acientífica antes.  ¡A ver si en el fondo Atkins es, muy a su pesar, un deísta!

Pero no es mi intención entrar ahora en este asunto, tan jugoso que dejaré para otro momento, sino reforzar la tesis presentada al inicio de este post. Como es lógica, no tengo nada que objetar contra este fenómeno creciente de personas  que manifiestan una fe ciega en una supuesta ciencia omnipotente, pero  sí debo expresar mi alarma ante un par de cosas que chirrían. Una, que esa supuesta Ciencia totémica y todopoderosa alimenta un mito más cercano al mundo de la religión que al de la verdadera ciencia. Dos, que ese cientifismo militante es incompatible con el concepto de ciencia y puede acabar dañando, en su esencia misma, a uno de los motores más activos y fecundos en el progreso de la humanidad.


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Solo valoramos como expertos a quienes dicen lo que esperamos oír

escrito el 24 de septiembre de 2010 por en El porqué de las cosas,Enseñanza y aprendizaje de la ciencia

¿Por qué hay tanta gente que cree en la astrología? ¿Cómo se explica el avance imparable de las seudociencias, conquistando más y más canales televisivos? ¿Por qué los brujos, adivinos y quiromantes gozan de tanta credibilidad?

Nunca he podido entender que haya personas que escuchen antes a un curandero que a un médico. ¿Por qué no creen en los expertos? Pero he leído un resumen de una investigación que da pistas para explicar ese extraño fenómeno.

La clave no está en que la gente no crea a los expertos, sino en que solo consideran verdaderos expertos a los que encajan con sus propias ideas. Es decir, lo que realmente influye en nuestra opinión no es lo que dice un experto, sino nuestras propias creencias.

Pensemos en un médico que se manifiesta abiertamente en contra de las seudociencias  y que atiende a un amplio grupo de pacientes, unos fieles creyentes en el espiritismo y otros convencidos de que es un camelo. Si el médico les dice a todos ellos que las plantas medicinales no sirven para su dolencia, estos últimos creerán que es un verdadero experto, mientras que los primeros pensarán que no sabe gran cosa, y acudirán al herbolario.

Algo así es lo que explica el estudio publicado en el Journal of Risk Research, que resume Scientific American. Los investigadores presentaron a los participantes en la prueba a un supuesto científico que creía en el cambio climático. ¿Cómo fue valorado por los participantes? Las personas que pensaban que la actividad económica daña al medio ambiente lo tomaron por experto, mientras que la mayoría de los que pensaban lo contrario no aceptaron que fuera realmente un experto. Después los investigadores repitieron el experimento con otro grupo de personas, a quienes presentaron el supuesto científico explicando que era muy escéptico sobre el cambio climático. Lo que ocurrió entonces es que quienes pensaban que la actividad humana no daña al medio ambiente aceptaron que era un experto, mientras que quienes creen que la economía sí daña al medio opinaron que no era un experto.

Esto mismo lo repitieron con otros temas, como el de los residuos nucleares, con similar comportamiento. La conclusión es que la gente solo valora como experto real a un científico cuando la postura de éste concuerda razonablemente con la suya.

Por tanto, es algo más fácil entender ahora cómo hay tantas discrepancias ante cuestiones que, aparentemente, se podrían dirimir mediante estudios objetivos. El problema es creer en el valor de dichos estudios, que dependerá de nuestra posición personal previa. Si concuerdan, serán excelentes estudios (pensemos, por ejemplo, el la relación entre ordenador y aprendizaje), y si no concuerda, los descalificaremos como irrelevantes. Al menos saber esto ayudará a acercar posturas irreconciliables.


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Nada de viajes siderales: te envejecen demasiado

escrito el 23 de septiembre de 2010 por en El porqué de las cosas

 
¡Vaya hombre! Siempre creí que como recurso último para alargar la vida, teníamos la opción de movernos por el espacio a velocidades hipermegasónicas, convencido por los libros de física que un viaje con velocidad próxima a la de la luz sería el equivalente al elixir de la eterna juventud. El ejemplo más cinematográfico es el del Planeta de los simios, donde los viajeros vuelven lozanos de un viaje espacial, mientras que en la Tierra ha transcurrido una eternidad y no hay nada reconocible.

Pues no, esto ya no funcionaría. No es que los físicos hayan cambiado los principios relativistas, sino que existe un problema práctico: nuestro cuerpo no aguantaría. Ni siquiera es por el problema de acelerarnos hasta la velocidad de la luz, sino un tema más pedestre: el espacio acelera el envejecimiento celular. Lo dice claramente uno de esos sesudos estudios americanos: la vida en el espacio te deja hecho unos zorros.

El estudio en cuestión, realizado por investigadores de la Universidad de Milwaukee sobre astronautas que pasaron seis meses en la Estación Espacial Internacional (ISS), da unos resultados espeluznantes:  pérdida brutal de la fuerza muscular -equivalente a que un individuo de entre 30 y 40 tenga la musculatura de uno de 80-, pérdida de masa ósea, debilitamiento del sistema inmune, trastornos del sueño y alteraciones en los nervios vestibulares, relacionados con los reflejos en el equilibrio. Y eso sin perder de vista la amenaza de la radiación cósmica, que provoca alteraciones en el ADN y puede generar cáncer.

Si todo este cúmulo de desgracias les pasa en pocos meses a astronautas bien entrenados, mejor no pensar en embarcarnos en un verdadero viaje sideral, y menos a velocidades cercanas a las de la luz. Si de un vuelo doméstico en Ryanair ya sales irreconocible, ¿cómo sería el aspecto en el caso de un viaje a Marte, tras un año de ida y otro de vuelta?

Ayudaría bastante recurrir a generar una gravedad artificial, que sobre el papel no es tan difícil. Bastaría con hacer girar la nave hasta que la fuerza centrípeta simulara la terrestre. Para evitar el efecto centrifugadora, habría que emplear naves de tamaño enorme, como esas naves nodriza de las películas de marcianos, que suelen estar en rotación permanente.

Pero después de conocer el informe del Milwaukke, mejor no pensar en efectos relativistas ni en gravedades artificiales. Me conformaré con disfrutar, desde el sofá, de buenas películas de ciencia ficción.


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Los peligrosos pasos de cebra

escrito el 23 de abril de 2010 por en El porqué de las cosas,General

Lo he oído esta mañana en la radio, en un espacio publicitario de Tráfico: “El 90% de los atropellos en ciudad ocurren fuera de los pasos de cebra”. Supongo que la intención del Ministerio era concienciar al peatón del serio peligro de cruzar por zonas no autorizadas. Pero pensemos un poco. Decir que el 90% de los atropellos ocurre fuera de los pasos de peatones significa que el 10 % restante ocurre sobre dichos pasos. Es decir, uno de cada diez peatones es arrollado en el paso de cebra, frente a nueve atropellados en zonas no autorizadas.

¿Esto es mucho o poco? Pues depende. Si el espacio que ocupan los pasos de cebra fuera igual al que ocupa el resto de la calle, el resultado estaría muy bien, pero si por cada 100 m de calle hubiera solo 10 m de paso de cebra, significaría que existe el mismo riesgo de ser atropellado al cruzar por cualquier sitio. Pero vayamos más lejos: ¿y si el espacio de los pasos de cebra fuera aún menor respecto de la longitud de la calle? Significaría que, manteniendo igual el resto de las variables, sería más arriesgado cruzar por el paso de cebra.

¿Cuántas veces más arriesgado? Podemos estimarlo. Suponiendo que haya un paso de unos 5 m de anchura por cada 300 m de calle, resultaría una relación de 1 a 60, que si se compara con la publicidad del Ministerio, de 1 a 9, supone que cruzar por el paso de cebra es 60/9 veces más peligroso. Es decir,  de ser cierta la noticia del Ministerio, correríamos al menos un riesgo seis veces mayor cuando cruzamos por un paso de cebra que cuando lo hacemos por un lugar no autorizado.

¿Esto es realmente así? ¿Cómo explicar una conclusión tan relación tan chocante? Al menos existen dos razones para justificarla:

1. La primera es que falta un dato fundamental para comparar: el uso de la calzada por parte de los peatones. Supongamos que la ciudadanía fuera tan respetuosa con las normas que nadie cruzara por lugares no autorizados. En este caso, todos los atropellos ocurrirían sobre los pasos de cebra, porque no sería posible interceptar a un peatón en ningún otro lugar. El titular, en este caso, sería escalofriante aunque exacto: “El 100% de los peatones atropellados estaba cruzando en ese momento un paso de cebra”. Obviamente, la noticia del Ministerio resulta irrelevante porque no dice nada que permita hacer una valoración objetiva.

2. La segunda razón es que, con toda probabilidad, el dato del Ministerio es inexacto (no me atrevo a decir “falso de toda falsedad”, aunque lo sospeche). Apuesto a que la elección del 10 / 90 no es casual, sino que responde a la conocida fascinación que ejercen en la gente los números redondos. Lo explica muy bien John Allen Paulos en su libro “Un matemático lee la prensa” (Metatemas, Tusquets, 2002):

Los números redondos tienen atractivo psicológico, en concreto los múltiplos de diez. Desde hace años, por ejemplo, se viene repitiendo que el 10% de los estadounidenses es homosexual, que solo utilizamos el 10% de nuestra capacidad cerebral y que el índice de ineficacia de los preservativos es del 10%. […] Estos números, aunque pocos entiendan con exactitud lo que significan,  una vez que se aceptan se vuelven reacios a las revisiones en profundidad.

Después de leer a Paulos, ¿a quién podría extrañarle la noticia de que “el 10% de los atropellos ocurre en los pasos de cebra”, una fórmula complementaria de la que propone Tráfico? Resulta hasta razonable. Es el poder de los números redondos.

Pero no pensemos que solo la gente corriente es vulnerable al reduccionismo numérico. Paulos recuerda en este mismo libro que, por razones distintas, los problemas afectan a los propios matemáticos, quienes no siempre saben captar el elemento esencial de una situación. Como ejemplo, cuenta la siguiente anécdota de tres matemáticos que fueron a cazar patos:

“El primero disparó y el proyectil pasó quince centímetros por encima del animal. Disparó el segundo y el proyectil pasó 15 cm por debajo. Al advertirlo, el tercero exclamó con entusiasmo: “¡Tocado!”.


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A vista de pollo

escrito el 1 de marzo de 2010 por en El porqué de las cosas,General

Como siempre, la ciencia poniendo todo patas arriba. Resulta que ahora es el pollo quien tiene vista de lince y no al revés.

Un artículo muy serio, como su nombre indica –“Avian Cone Photoreceptors Tile the Retina as Five Independent, Self-Organizing Mosaics”- publicado en la Public Library of Science ONE, demuestra en resumidas cuentas que lo mejor de un pollo son… sus ojos. No es que los investigadores de la Universidad de Washington en San Luis hayan encontrado razones para que Kentucky Fried Chicken cambie los componentes de su menú estrella, sino que han descubierto que los ojos de estas aves poseen, en comparación con los nuestros, características envidiables.

Según el artículo, la retina de estas aves posee uno de los más sofisticados sistemas de fotorreceptores que existe entre los vertebrados. La capacidad de ver los colores depende de una células especializadas que se encuentran en la retina, llamadas conos. Pues bien, mientras que los seres humanos tenemos tres tipos de conos, que nos permiten ver el rojo, el verde y el azul, los pollos disponen de cinco tipos de conos, cuatro de los cuales les permiten una visión tetracrómica y el quinto es un cono doble que les permite la percepción ultravioleta acromática, asociada a la detección del movimiento. Además, los conos se distribuyen en un mosaico muy regular sobre la retina, lo que permite detectar el color en todo su campo visual. Al parecer, los conos dobles tienen un orden aún mayor que los conos únicos, probablemente por su papel en la detección del movimiento.

Por tanto, ya no es el lince quien tiene vista de ídem; el vertebrado con más vista es el pollo. Si esto les parece sorprendente, esperen a conocer el nombre de un caso práctico que me tocó estudiar en el IESE: “Lentes de contacto para gallinas ponedoras”. ¿Para qué pueden necesitar lentillas unas aves con tan buena vista?

Pues siento aclarar que en este caso -el del IESE- los que tenían vista de lince, o de pollo, eran unos avispados empresarios que tras descubrir que las gallinas ponían más huevos cuando tenían la vista nublada, decidieron aumentar la producción mediante la cruel medida de pegarles lentes de contacto.

¡Y vaya si lo lograron! Las gallinas miopes ponían huevos sin parar -¿quizás porque no sabían dónde los habían puesto?- y los pollos, o linces, o cerdos que dirigían el negocio vieron llenarse sus bolsillos a resultas de la I+D+i óptica. Pero como a todo cerdo le llega su San Martín, pronto surgió un problema que acabó con el negocio: las gallinas enfermaron por las infecciones oculares provocadas por las lentes de contacto. Se ve que no supieron enseñarles a lavarse las lentillas cada noche.


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Inteligencia visceral

escrito el 24 de febrero de 2010 por en General,Tendencias

Me permito acuñar este nuevo concepto, quizá como reacción a la moda de inteligencia emocional que nos invade. En realidad son términos conectados: el propio DRAE dice de visceralidad “que se deja llevar por reacciones emocionales”, es decir, visceral y emocional son cara y cruz de una misma moneda. No obstante, emocional es un término ñoño, un tanto ligth, mientras visceral es una expresión que sale de tu hígado y enreda sus apéndices en los intestinos. Por eso lo prefiero.

Hablemos, pues, de inteligencia visceral. El corazón ha sido el rey indiscutible de los sentimientos y emociones, al menos en la literatura y el cine. Es cierto que la amígdala le roba protagonismo en las revistas científicas, pero en los sucesivos sanvalentines del Corte Inglés sigue sin tener rival.

Sin embargo, ahora le sale a este órgano central un duro competidor: los mismísimos intestinos.

Sí, los intestinos aspiran a lideran el pódium de las emociones. Lo he visto en un artículo sobre el “segundo cerebro”. Bueno, ya había leído varias cosas sobre este asunto, pero me llama la atención que Scientific American le dedique su atención. Te obliga a tomarlo en serio.

Segundo cerebro” es el nombre con que se conoce la red de neuronas que recubre todo el tubo digestivo, desde el esófago hasta el mismísimo ano. Son unos cien millones de neuronas, pocas si se comparan con el cerebro pero más que las que hay en la médula espinal o en el sistema nervisoso periférico, según Scientific American. Los expertos lo llaman el sistema nervioso entérico. Su función principal es liberar al cerebro de la tediosa tarea de la digestión, que requiere el control de infinidad de procesos mecánicos y químicos. Permite así que el intestino funcione de forma independiente.

Sin embargo, los investigadores creen que este segundo cerebro es demasiado complejo como para limitarse a controlar los procesos digestivos. Sospechan que influye en muchas reacciones emocionales, lo que explicaría, por ejemplo, los típicos nervios en el estómago en situaciones de estrés. Por si fuera poco, el segundo cerebro es un depósito de la todopoderosa serotonina: el 95% de este neurotransmisor se concentra en los intestinos. La serotonina es un neurotransmisor relacionado con los ciclos de sueño, el control del estrés, el control del deseo sexual, la temperatura corporal, etc. También interacciona con otros neurotransmisores relacionados con la angustia, la ansiedad y el miedo. Por ello, muchos tratamientos antidepresivos actúan aumentando los niveles de serotonina, ya que parece inhibir algunos estados asociados a la depresión.

A pesar de lo dicho, hay tareas imposibles para este segundo cerebro. Los científicos tienen claro que no puede ocuparse ocupa de pensamientos conscientes ni intervenir en los procesos intelectuales; de eso se ocupa el cerebro de verdad. Pero en los temas emocionales/viscerales, el segundo cerebro parece cumplir un importante papel.

Estoy seguro de que cualquier lector que haya llegado hasta este punto del post ya tiene, aporreando su mente, ejemplos de actuaciones del segundo cerebro, imágenes vívidas de inteligencia visceral, encarnadas en cualquiera de los mil y un programas de reallity que saturan las televisiones. Espacios donde el argumento deja paso al insulto y el silogismo al eructo soez, en una sopa intestinal de descalificación, encanallamiento y obscenidad intelectual. Todo un experimento de Neuroenterología.

Estos expertos en inteligencia visceral, bien remunerados por su copiosa provisión de inmundicias, nos demuestran que es posible actuar y sentir desde las vísceras -sentir sin pensar-, deglutiendo argumentos como quien deglute el quimo. Si alguien estuvo tentado de sugerir que estos generadores de estiércol “piensan con el culo”, sepa ahora que no es un insulto, sino una descripción objetiva. Lo dice Scientific American.


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