Aprender a Pensar

Repensar la Educación

Augusto Ibáñez

FSM

Adoradores de la ciencia, el nuevo becerro de oro

El último libro de Stephen Hawking, The Grand Design (Bantam 2010), ha destapado la caja de los truenos contra todo lo que suene a religión y sentimiento de misterio, de modo que en cuanto se anunció, periodistas, blogueros y tertulianos se apuntaron a una nueva caza de brujas, con la ciencia a modo de ariete, y eso desde antes de que estos destroyers mediáticos hubieran accedido a la publicación. Los argumentos con que cargan suelen ser bien escasos. Lamentablemente todo su argumentario se limita a una fe ciega en la ciencia, un rancio cientifismo de raíces positivistas, que seguramente se nutre en la penosa incultura científica de nuestra sociedad.

La paradoja es que pasamos desde una atribución acientífica a un ser sobrenatural de aquello que no entendemos, a atribuirlo, también de forma acientífica, a un nuevo mito. Digo eso porque esa  supuesta “Ciencia” omnisciente y todopoderosa es un nuevo ídolo, un nuevo dios con otro nombre. Y lo que está ocurriendo es una mera trasposición dogmática de las inquietudes humanas desde el ámbito de la religión al ámbito de una entelequia llamada “Ciencia”, pero que no tiene nada que ver con la verdadera ciencia.

Los filósofos de la ciencia, como el gran Popper, dejan bien claro que la ciencia es exactamente lo contrario de esa fe ciega y, además, incompatible con ella. La ciencia, en palabras de Popper, “es una aproximación a la verdad a través de la crítica”. Es una gran empresa humana, con un método excelente de aproximación  a la verdad a través de los métodos científicos, y por eso es el motor del progreso de nuestra sociedad,  pero también tiene sus limitaciones:

  1. Una limitación tiene que ver con la falsabilidad: solo pueden ser objeto de la ciencia las hipótesis falsables, es decir, susceptibles de que se pueda comprobar que no son verdaderas.  En caso contrario no podríamos hablar de una hipótesis, sino de un dogma. Por ejemplo, la ciencia no podría debatir sobre el sexo de los ángeles, ni sobre la existencia de Dios.
  2. Otra limitación tiene que ver con el propio método de la ciencia. Escribía recientemente John Horgan en Scientific American: “La ciencia trabaja sobre preguntas que pueden ser contestadas, al menos en principio, y la filosofía sobre cuestiones que no tienen respuesta”.  Más bien, la filosofía trabaja sobre las fronteras del conocimiento, incluidas las de la ciencia.  Por eso, el avance de la ciencia va ganando terreno a la filosofía. Incluso se está adentrando en el territorio de la mente, a través de la neurociencia, y desvelando incluso las raíces de la moralidad. Pero aunque los científicos puedan acercarse a los lugares del cerebro que gestionan la moral y explicar cómo trabajan, no podrán decirnos cómo debemos vivir. Es la diferencia entre el “es” del científico y el “debe ser” del filósofo, que seguirá tratando de formular reglas morales. Como dice el citado artículo, La diferencia entre un científico y un filósofo es que ante una pregunta que nunca podrá ser contestada, el filósofo siempre puede emplear la argumentación. De hecho, el progreso filosófico no está tanto en la precisión de las respuestas como en el refinamiento del debate.

En su artículo, Horgan se refería de forma muy ácida al químico inglés Peter Atkins, un personaje “tan ateo que a su lado Richard Dawkins parece el Papa”. Precisamente, este verano estuve releyendo un par de libros de Atkins, “Galileo’s finger”, una reflexión sobre la ciencia y la evolución, creo que aún no  disponible en versión castellana, y “La creación”, un curioso libro que publicó Salvat en los ochenta. En esta obra, Atkins presentaba una argumentación muy original para justificar la hipótesis de que Dios no es necesario, y su lectura es fluida y consistente hasta llegar al final del libro, cuando trata de abordar la gran pregunta  “¿Por qué hay algo en vez de nada?” Ahí, la argumentación se hace tan retorcida y las tesis tan inverosímiles que, sin quererlo, acaba por reforzar las tesis deístas, tal es la sensación de fracaso en su intento de justificar la hipótesis inicial, aunque esto es una opinión personal, lógicamente. El libro me transmite cierta esquizofrenia, entre una explicación científica coherente después del Big Bang y otra fantasiosa y acientífica antes.  ¡A ver si en el fondo Atkins es, muy a su pesar, un deísta!

Pero no es mi intención entrar ahora en este asunto, tan jugoso que dejaré para otro momento, sino reforzar la tesis presentada al inicio de este post. Como es lógica, no tengo nada que objetar contra este fenómeno creciente de personas  que manifiestan una fe ciega en una supuesta ciencia omnipotente, pero  sí debo expresar mi alarma ante un par de cosas que chirrían. Una, que esa supuesta Ciencia totémica y todopoderosa alimenta un mito más cercano al mundo de la religión que al de la verdadera ciencia. Dos, que ese cientifismo militante es incompatible con el concepto de ciencia y puede acabar dañando, en su esencia misma, a uno de los motores más activos y fecundos en el progreso de la humanidad.



escrito el 26 de septiembre de 2010 por en El porqué de las cosas,General,Tendencias

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7 Comentarios en Adoradores de la ciencia, el nuevo becerro de oro

  1. Jose | 27-09-2010 a las 19:58 | Denunciar Comentario
    1

    No considero que haya una caza de brujas con la ciencia a modo de ariete. Cacerías de brujas las hubo en un tiempo pasado. Hoy en día, afortunadamente, en la mayoría de los países podemos expresar nuestra opinión (nuestras brujerías) y no por ello ser cazados. Y tampoco considero que haya adoradores de la ciencia. El verbo adorar significa reverenciar con sumo honor o respeto a un ser, considerándolo como cosa divina, lo cual, choca frontalmente con el pensamiento científico o simplemente escéptico. Por tanto no coincido, aunque sí respeto profundamente, la tesis sobre una transposición dogmática o la consideración de la ciencia como un nuevo dios con otro nombre. El teísmo es una creencia; la ciencia son conocimientos obtenidos por observación y razonamiento. Como digo antes, respeto mucho tu opinión, pero creo que no hay “creyentes” de la ciencia, sino personas escépticas que consideran válido el método científico en la aproximación hacia el conocimiento o la verdad. Quizá tengamos visiones muy distintas de la sociedad.

    En cuanto a Popper, al que no he leído, y sobre las dos limitaciones a las que se enfrenta la ciencia coincido plenamente con ellas. Y es con ellas con las que se pone de relieve “lo inútil e incapacitada”, espero no se confundan mis palabras de forma despectiva y se interprete bien el entrecomillado de las mismas, que es y está la filosofía. Parece muy razonable o mejor dicho es totalmente lógico, ceñirnos a un entorno en el que aquello que se proponga sea falsable. De otro modo, y lamentablemente es como así ocurre, cualquier argumentación es aceptable. Lo cual según mi humilde criterio ofrece una panorama razonablemente parecido al de un hospital psiquiátrico. Espero por segunda vez no se consideren mis comparaciones como intentos de menoscabo hacia el mundo de la filosofía o el mundo de la religión. Tan solo pretendo expresar que si no estamos ceñidos a la falsabilidad podremos entonces argumentar TODO lo que queramos, y lo peor de todo, es que TODO será igualmente válido o igualmente erróneo. Fuera del carácter místico o la belleza implícita que hay en debatir sobre cuestiones como son si dios existe o no, pienso que delante de una pregunta “sin respuesta” lo que debe hacer el ser humano es buscar dicha respuesta y demostrarla. El (supuesto) progreso filosófico, la argumentación, la falta de precisión o un posible refinamiento del debate según mi punto de vista son un ejercicio de elucubración, aunque respeto, como no podía ser de otro modo, que haya personas que los consideren válidos.

    No he leíd a Atkins, por lo que no puedo opinar.

    Tú ves creyentes y adoradores de la ciencia, yo veo personas que necesitan que aquello que se les diga, se les demuestra. Personas que no creen lo que un científico, un filósofo o un religioso les diga, así, sin más. Los fieles adoradores y creyentes, aquellas personas que no se cuestionan lo que sus (distintos) “líderes” les dicen, no son los que están en los laboratorios, no son los que buscan en la red divulgación científica, no son los que piensan por sí mismos. A priori, no son aquellos que defienden la ciencia y su método.

    Un saludo.

  2. alambique | 27-09-2010 a las 22:55 | Denunciar Comentario
    2

    Los adoradores a quienes me refiero no tienen nada que ver con los científicos, sino todo lo contrario. Son, como digo en el post, consecuencia de la “penosa incultura científica de nuestra sociedad”. A diferencia de los científicos, que se acercan a la ciencia como un poderosísimo instrumento, con un nivel de modestia ejemplar, los adoradores atribuyen a la ciencia descriptores extraños, más propios de otros ámbitos, como el de la filosofía o el de la religión.

    Para explicar algo mejor mi postura, me permito contar un pequeño ejemplo, anecdótico pero revelador. Hace unos días escuché en la radio a unos tertulianos que hablaban sobre el libro de Hawking, aunque reconocían no haberlo leído. Ninguno tenía formación científica, y quizás por eso manifestaban sin pudor su fe ciega en algo que llamaban ciencia pero que estaba en las antípodas de lo que pensaría cualquier científico: un mundo de objetividad absoluta, de precisión, de certeza… ¿Qué tiene esto que ver con la ciencia? En un momento de la tertulia, dieron paso a Jorge Wagensberg, para conocer la opinión de un físico. Como era de esperar, Wagensberg ofreció la visión opuesta: la ciencia era una aproximación permanente, una incertidumbre inevitable, un camino y no una posada. Por supuesto, en cuanto colgó el teléfono, los tertulianos –adoradores- le enmendaron la plana y volvieron a su modelo acientífico.

    Esto es lo que llamo adoradores: personas de gran incultura científica que manifiestan una visión acrítica sobre la ciencia y una fe ciega en ella y en sus sacerdotes, los científicos. Manejan la ciencia como si se tratara de una religión, con sus “milagros” y todo, y esta incultura tiene, en mi opinión, graves consecuencias. Los avances de la ciencia no tienen nada que ver con los milagros sino con el esfuerzo humano y económico que se pone en los proyectos. Si creo en una ciencia milagrera, que tarde o temprano lo alcanzará todo, ¿para qué voy a protestar por estos últimos años de recortes brutales en nuestro sistema de investigación, que lo han puesto al borde del colapso? ¿Guardará esto alguna relación con esa rara avis de los Nobel de ciencia en nuestro país -tan solo Cajal, aunque nos guste presumir de Severo Ochoa, nacionalizado americano-, a años luz de países de desarrollo económico similar?

    Al fin y al cabo, los avances científicos tienen tanto que ver con las élites científicas de un país como con la cultura científica de sus ciudadanos, cuyas inquietudes determinan en qué se invierten sus impuestos. Nada más pernicioso para esa cultura científica tan necesaria que esa confusión entre ciencia y cientifismo que transmiten esos adoradores mediáticos, mirando la ciencia como antes miraban la religión. Contra ellos iba mi denuncia.

    Y sí, es una visión dogmática la que ofrecen. Hace unos días el País recogía unas declaraciones de Evencio Mediavilla, un prestigioso investigador del Instituto de Astrofísica de Canarias, a propósito del libro de Hawking. Al igual que Wagensberg, Mediavilla criticaba que se diera carácter científico a una mera reflexión de Hawking, a lo sumo una hipótesis.
    Transcribo el párrafo, que conecta bien con mi post:
    >> ¿Qué pasa cuando los científicos ocupan en la sociedad el papel de… sacerdotes? O sea: ¿Por qué lo que dice Hawking va a misa? “La opinión de un científico acerca de este tema no tiene por qué ser a priori más interesante que la de cualquier otra persona”, dice Evencio Mediavilla. “Sería infantil crear una iglesia de científicos no creyentes”.
    http://www.elpais.com/articulo/sociedad/dice/cientifico/va/misa/elpepisoc/20100905elpepisoc_1/Tes

  3. Jose | 28-09-2010 a las 0:35 | Denunciar Comentario
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    En primer lugar, decir que al leer el post tuve la sensación de que en él se censuraban de algún modo la gran repercusión y acogida que las palabras de Hawking habían generado sobre todo en la blogosfera y en la gran mayoría de medios, por aquello de ‘destroyers mediáticos’ y no tal y como explicas en tu respuesta, a raíz de la intervención de unos tertulianos concretos en una emisora de radio. En cualquier caso, no habiendo escuchado la tertulia sí parece muy probable que se hagan lecturas o interpretaciones incorrectas de la ciencia dotándola o transformándola en cierto modo en una religión.

    El tema sobre ciencia y religión da opción a escribir muchísimo pero sobre el último párrafo del diario elpais que citas en referencia a tu post, e independientemente de las posibles posturas que la sociedad en general adopte con respecto a la ciencia, creo que se están malinterpretando de manera muy sutil las palabras de Hawking. Pienso que el británico no dice si dios existe o no, sino que a su juicio, cómo se originó el universo es una cuestión que a día de hoy está más cerca de resolverse y que por lo tanto la consecuencia directa de dicho conocimiento es que no necesitamos el concepto dios para explicarla. Así, partiendo de la base que Hawking no se inmiscuye (al menos no de inicio o como idea fundamental) en cuestiones religiosas y por los estudios que posee no me parece muy correcto decir que lo que piense no tiene por qué ser a priori más interesante que lo dicho por cualquier otra persona. Aunque hay muchos matices que alargarían en exceso esta respuesta.

    Por cierto, la reflexión ” … Al fin y al cabo, los avances científicos tienen que ver con las élites científicas de un país como con la cultura científica de sus ciudadanos, cuyas inquietudes determinan en qué se invierten sus impuestos …” nunca me lo había planteado como tal, pensaba sin profundizar en exceso sobre ello que eran consecuencia en gran parte (sino toda) de la capacidad intelectual de los científicos, pero quizás tengas razón.

  4. alambique | 28-09-2010 a las 8:22 | Denunciar Comentario
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    Yo aún no he podido conseguir el libro de Hawking, aunque su postura no es nueva en la ciencia. Hay muchos autores que han construido hipótesis sobre la innecesaria existencia de un creador, como es el caso de Atkins, a quien me refería en el post. Lo que sí es nuevo es la forma de promocionar la idea, generando una gran polémica antes de que el libro llegue a las librerías. Y esto solo lo puede hacer Hawking por su popularidad, que poco tiene que ver con su aportación científica. No obstante, leeré este libro cuando me llegue, aunque sospecho que no aportará grandes novedades sobre las tesis de Atkins.

    Para promocionar el libro, se filtraron a los medios frases incompatibles con el rigor científico: “Hawking afirma que Dios no creó el universo”. Dudo que Hawking haya dicho eso, pero la frase ha generado ríos de tinta y, sobre todo, ansia de conseguir el libro. Por eso comparto la reflexión del físico Mediavilla: “¿Por qué lo que dice Hawking va a misa?” La ciencia no admite enfoques dogmáticos, especialmente si se plantean sin ninguna base experimental.

    Detrás de todo esto no hay ciencia, sino una espectacular campaña de marketing, que tratará de superar las ventas astronómicas de la Historia del tiempo. Personalmente guardo una pésima experiencia de ese best-seller, una de esas obras que sospecho podrían haber batido el récord de la relación libros vendidos vs. libros leídos. Quizás me decepcionó porque yo había leído muchos libros excelentes sobre este tema, desde “Los tres primeros minutos del universo” del Nobel Weinberg a “El universo desbocado” de Davies, con enfoques más sugerentes, profundos y originales. Seguro que la venta de todos estos libros no alcanzó ni un infinitésimo de la del libro de Hawking, pero eso no es una prueba del rigor científico del libro, sino un resultado de la fama del autor, de su halo mediático y del marketing.

  5. ariadna | 01-10-2010 a las 16:06 | Denunciar Comentario
    5

    En este tipo de debates es fundamental tener siempre como referencia el ámbito de actuación de la ciencia y sus limitaciones, para no perdernos en entelequias ni en discursos huecos. La condición necesaria y suficiente para que una proposición pueda ser científica u objeto del estudio científicos es que sea falsable, es decir, que al menos exista algún enunciado posible, derivado de esta proposición, que pueda demostrarse falso mediante observación empírica. Esto deja fuera del campo de la ciencia proposiciones del tipo “el arte abstracto es sublime” o “los ángeles no tienen sexo”. Igualmente quedan fuera afirmaciones del tipo “dios no existe” o su contraria. Simplemente no son falsables, y por tanto no pertenecen al ámbito de la ciencia.

    El planteamiento del Gran Designio, por tanto, es una mera proposición, pero no es científica. Como decía hace unos días Jorge Wagensberg en El País: “El creyente siempre puede creer que Dios creó las leyes de la naturaleza para que el Gran Designio se desenroscara por sí solo, que Dios es él mismo el conjunto de las leyes fundamentales o que Dios es, directamente, la mismísima Teoría del Todo. La ciencia nunca aportará pruebas sobre la existencia o sobre la no existencia de Dios. Mientras tanto, lo que parece bien encaminado es el designio de Hawking: vender muchos libros.”
    http://www.elpais.com/articulo/sociedad/Gran/Designio/elpepisoc/20100905elpepisoc_2/Tes?print=1

  6. alambique | 02-10-2010 a las 16:22 | Denunciar Comentario
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    En TENDENCIAS21 (http://www.tendencias21.net/)hay un debate paralelo a este y con una polémica similar. Como creo que puede aportar nuevos enfoques a este debate, traigo aquí la respuesta del bloguero Marcos a una intervención mía y mi respuesta subsiguiente.

    Me escribe Marcos:

    Alambique: Te propongo que cambies la palabra dios y la sustituyas por el Ratoncito Pérez, por Zeus, por Amaterasu o por el personaje de ficción que gustes. ¿Es la proposición “Zeus no existe” falsable? Quiero decir, ¿puedes probar de forma científica la proposición Zeus no existe? Extrae tú la conclusión. Entonces, ¿Zeus también es asunto de la filosofía? Pues si metemos en el saco a todos los dioses creados por los hombres, los filósofos no van a dar abasto.
    Te voy a dar la razón: dios existe. Forma parte del mundo de las ideas, como otros muchos existentes, llámense Caperucita Roja, Don Quijote, Marte o Brahma. Por eso su “conocimiento” excede el ámbito de la ciencia, porque no es algo que tenga una existencia material, real, física, molecular. “Las meigas haberlas haylas”. Claro: en los cuentos de hadas, en la fantasía, en la creación. Dios es pariente de ellas. ¿Exusten los unicornios? Por supuesto: en la mente humana.
    Explica por qué el positivismo está superado. Arguméntalo.
    Empíricamente, dios no existe. ¿Tú lo has visto?
    El arte no es conocimiento; es creación, fantasía; lo mismo que la filosofía y la religión. Lo mismo que la bondad y la maldad, asuntos propias de la ética. Sin el ser humano (sin las convenciones del ser humano) no existiría el bien ni el mal; luego esas nociones son subjetivas.
    Que los fieles crean; pero es lo mismo que admirar las hazañas de Don Quijote. ¿Permitiríamos que Don Quijote fuera el regidor del universo?

    Aquí va mi respuesta a ese comentario:

    Marcos: Intentar descalificar las bases espistemológicas del funcionamiento de la ciencia no parece un buen argumento en la línea que pretendes mantener. Si me molesto en entrar en este análisis es porque entiendo que vamos a utilizar el mismo nivel de argumentación, por lo que no es aceptable hacer chanzas facilonas que simplemente alejan el debate sosegado y racional.

    ¿Por qué está superado el positivismo? No sé si tiene sentido que yo entre en esto.. Es algo tan trillado y compartido por la comunidad científica que forma parte incluso del currículo escolar. Muy simplificadamente, el positivismo establece que solo hay un saber auténtico, el de las ciencias de los fenómenos, las empíricas. Una consecuencia inmediata sería que la verdadera ciencia es solo aquella capaz de objetivar toda causa, es decir, aquella que es capaz de traducir en términos racionales todos los fenómenos y de reducirlos a ecuaciones matemáticas cuantitativas, lo que significaría una aplicación del determinismo a todo el universo, incluidos los ámbitos más propiamente humanos. Cuando digo que el positivismo –o su faceta de cientifismo- está superado, trato de explicar que esa pretensión de objetivar toda causa es reduccionista, porque dejaría fuera del conocimiento buena parte de la verdad.

    Al contrario que el cientifismo, la ciencia no tiene nada que ver con el determinismo; más bien es todo lo contrario. El determinismo tuvo su edad de oro en el siglo XVIII, cuando Laplace afirmó que conociendo las leyes que gobiernan cualquier fenómeno y las condiciones iniciales, se podría predecir con total certeza el futuro del sistema estudiado. En el caso del universo, se podrían predecir su pasado y futuro. Es muy conocida la anécdota que cuenta que Napoleón, sorprendido de que no hubiera menciones a Dios en unos escritos de Laplace, le preguntó por qué en su libro sobre el sistema del universo no figuraba su creador, a lo que Laplace contestó “Je n’avais pas besoin de cette hypothèse-là.” (No necesitaba esa hipótesis). Esta teoría pervivió durante más de un siglo y es la base de esa concepción determinista de la ciencia que todavía prevalece en gran parte de la ciudadanía y de los medios, como consecuencia de una insuficiente cultura científica. En parte para paliar esta situación se creó recientemente la asignatura Ciencias para el mundo contemporáneo, obligatoria para todos los alumnos de bachillerato, incluidos los de humanidades.

    Curiosamente, es fácil encontrar similitudes entre la postura que adoptan muchísimos personas, incluido tú mismo, en torno al libro de Hawking y el determinismo de Lagrange, solo que hay un desfase de dos siglos y la ciencia ha cambiado mucho en este tiempo. Por ejemplo, la teoría de Lagrange quedó superada en cuanto Poincaré, a finales del XIX, empezó a pensar en la posibilidad del caos, como algo que dependería sensiblemente de las condiciones iniciales. Como sabrás, el tema resurgió con fuerza más tarde, ya en la era de los grandes ordenadores, capaces de asumir cálculos muy complejos. El detonante fue la comprobación de Lorenz (fallecido hace un par de años) de que mínimos cambios iniciales en sus ecuaciones para determinar el tiempo atmosférico generaban enormes desajustes que hacían imposible cualquier previsión a medio plazo (es lo que llamó efecto mariposa). También rompieron radicalmente con la concepción cientifista el principio de incertidumbre y toda la física cuántica. Por cierto, que Einstein no “vio” la física cuántica (dijo aquello de “Diso no juega a los dados”), y tampoco nadie ha “visto” los quarks ni los neutrinos ni al bosón de Higgs. Pero son objeto de la ciencia porque son hipóteis falsables, a diferencia de la hipóteis de Dios.

    Por eso la ciencia moderna tiene poco que ver con esos modelos cientifistas. La verdadera ciencia no pretende garantizar que esté en posesión de la verdad, aunque resulte evidente que es la herramienta más poderosa para acercarse a buena parte de la verdad. La definición que más me gusta es la que propone Popper: “La ciencia es una aproximación a la verdad a través de la crítica”. Exacto, y podríamos añadir que la religión es una aproximación a la verdad a través de la fe, o que la filosofía es una aproximación a la verdad a través de la razón.

    A mí, que he pasado muchos años en laboratorios de investigación, me parece presuntuoso decir que solo la ciencia es verdadero conocimiento, mientras que lo otro son creaciones. La ciencia es, probablemente, la mayor empresa humana, y tiene los atributos lógicos de toda creación humana, incluida la subjetividad. Gracias a que es consciente de eso, trabaja en red y somete a la comunidad cada nuevo avance. De ahí su enorme potencial creativo.

  7. Marcelo | 31-05-2015 a las 2:47 | Denunciar Comentario
    7

    concuerdo con la idea del articulo. Recuerdo bien haber sido enseñado a reverenciar lo científico acríticamente, es decir: poco menos que como un catecismo. Una vez en la universidad, todo los que yo creía ciencia era un compendio de saberes que yo había creído no por su fundamentación sino sólo por proceder de libros de texto. Si eso no es dogmatismo, no sé cómo llamarle. Al menos yo lo experimenté así.

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