Aprender a Pensar

Repensar la Educación

Augusto Ibáñez

FSM

Nada de viajes siderales: te envejecen demasiado

 
¡Vaya hombre! Siempre creí que como recurso último para alargar la vida, teníamos la opción de movernos por el espacio a velocidades hipermegasónicas, convencido por los libros de física que un viaje con velocidad próxima a la de la luz sería el equivalente al elixir de la eterna juventud. El ejemplo más cinematográfico es el del Planeta de los simios, donde los viajeros vuelven lozanos de un viaje espacial, mientras que en la Tierra ha transcurrido una eternidad y no hay nada reconocible.

Pues no, esto ya no funcionaría. No es que los físicos hayan cambiado los principios relativistas, sino que existe un problema práctico: nuestro cuerpo no aguantaría. Ni siquiera es por el problema de acelerarnos hasta la velocidad de la luz, sino un tema más pedestre: el espacio acelera el envejecimiento celular. Lo dice claramente uno de esos sesudos estudios americanos: la vida en el espacio te deja hecho unos zorros.

El estudio en cuestión, realizado por investigadores de la Universidad de Milwaukee sobre astronautas que pasaron seis meses en la Estación Espacial Internacional (ISS), da unos resultados espeluznantes:  pérdida brutal de la fuerza muscular -equivalente a que un individuo de entre 30 y 40 tenga la musculatura de uno de 80-, pérdida de masa ósea, debilitamiento del sistema inmune, trastornos del sueño y alteraciones en los nervios vestibulares, relacionados con los reflejos en el equilibrio. Y eso sin perder de vista la amenaza de la radiación cósmica, que provoca alteraciones en el ADN y puede generar cáncer.

Si todo este cúmulo de desgracias les pasa en pocos meses a astronautas bien entrenados, mejor no pensar en embarcarnos en un verdadero viaje sideral, y menos a velocidades cercanas a las de la luz. Si de un vuelo doméstico en Ryanair ya sales irreconocible, ¿cómo sería el aspecto en el caso de un viaje a Marte, tras un año de ida y otro de vuelta?

Ayudaría bastante recurrir a generar una gravedad artificial, que sobre el papel no es tan difícil. Bastaría con hacer girar la nave hasta que la fuerza centrípeta simulara la terrestre. Para evitar el efecto centrifugadora, habría que emplear naves de tamaño enorme, como esas naves nodriza de las películas de marcianos, que suelen estar en rotación permanente.

Pero después de conocer el informe del Milwaukke, mejor no pensar en efectos relativistas ni en gravedades artificiales. Me conformaré con disfrutar, desde el sofá, de buenas películas de ciencia ficción.



escrito el 23 de Septiembre de 2010 por en El porqué de las cosas

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