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Augusto Ibáñez

FSM

El inicio de la vida y del individuo

El debate en torno al inicio de la vida humana es complejo y genera enormes desencuentros, por lo que es necesario abordar las posturas divergentes desde la reflexión, el rigor y el respeto. Trataré de reflejar algunas de esas posturas en este post, huyendo de toda concesión a lo emocional, aunque sea difícil evitarlo.

El primer punto, el inicio de la vida, es relativamente sencillo de abordar. Ningún científico puede negar que el cigoto es una realidad nueva, con una identidad genética diferente de la de los progenitores y con potencialidad para convertirse en un individuo adulto. Tras la fusión de los núcleos de los gametos, el cigoto reúne desde el primer instante toda la información genética necesaria para programar la formación de un nuevo individuo. De modo que en el caso de gametos humanos se forma, evidentemente, una célula huevo humana, la primera célula de un nuevo ser humano. Es decir, la vida humana se inicia con la formación del cigoto, en el momento de la fecundación.

Una cuestión mucho más delicada y compleja, desde todos los puntos de vista, es en qué momento esa vida humana es un ser humano individualizado.  

Para algunos científicos, como César Nombela, la continuidad de todo proceso biológico imposibilita la existencia de un antes y un después en el proceso del desarrollo, por lo que la individualidad se remonta al momento inicial:

“El cigoto es portador del material hereditario en su totalidad, el que define el programa genético del nuevo individuo, y constituye su corporeidad, que se irá materializando en un proceso de incremento gradual, sin solución de continuidad, pero con la emergencia de las estructuras corporales de las que está dotado cualquier organismo adulto. […] Cuando el cigoto se genera in vitro, será imprescindible su transferencia al útero de la madre, que lo pueda gestar, para completar el proceso.”

Para otros sí existe una solución de continuidad. El bioquímico Carlos Alonso Bedate, por ejemplo, defiende un antes y un después marcado por la diferenciación embriónica: solo tras la diferenciación podemos hablar de un individuo humano. Por ejemplo, los blastómeros al diferenciarse pueden producir tanto el embrioblasto, que podrá llegará a ser un ser humano adulto, como la futura placenta, que obviamente nunca se considerará un individuo. Por ello, Alonso Bedate mantiene que el embrión de 6-8 semanas es el que responde mejor, desde el punto de vista biológico, a ese potencial de nuevo individuo:

“Desde este momento el sistema está diferenciado en origen y lo que resta es la actualización en crecimiento del proceso diferenciante del sistema.”

Para Juan Ramón Lacadena, la anidación del embrión en el útero es un hito crucial. Antes de ese momento ocurren fenómenos que parecen incompatibles con la individualización: más de la mitad de los cigotos desaparecen antes de su anidación; el embrión preimplantatorio puede dividirse en gemelos monocigóticos, o varios cigotos pueden fundirse en un solo embrión, formando quimeras inviables. Estos fenómenos de gemelismo y quimerismo, que  afectan a la individualización del nuevo ser, dejan de producirse cuando empieza a formarse la cresta neural, que formará el sistema nervioso. Y esto no ocurre hasta que termina la anidación, unos catorce días después de la fecundación. Según Lacadena:

La anidación representa un hito embriológico importante en relación con la individualización del nuevo ser. No obstante, es importante volver a recordar la imposibilidad de fijar el momento preciso, aun en el caso de que así fuera, debido a la continuidad del proceso biológico del desarrollo.”

El blastocisto comienza a fijarse en las paredes del útero una semana después de la fecundación, y transcurre otra semana hasta que concluye la anidación. Ciertamente la anidación es un proceso crítico, hasta el punto de que hay quien considera que el embarazo empieza al finalizar la anidación.  Es el caso, según Lacadena, de la Sociedad Alemana de Ginecología, y también aparece así en Wikipedia.

Si pasamos del enfoque científico al filosófico y religioso, la realidad es que el propio Magisterio de la Iglesia católica refuerza indirectamente la idea de que existe solución de continuidad en el desarrollo embrionario. Se aprecia esto en algunos párrafos de la Instrucción Donum Vitae, firmada por el Cardenal Ratzinger como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe:

“Por tanto, el fruto de la generación humana desde el primer momento de su existencia, es decir, desde la constitución del cigoto, exige el respeto incondicionado que es moralmente debido al ser humano en su totalidad corporal y espiritual. El ser humano debe ser respetado y tratado como persona desde el instante de su concepción y, por eso, a partir de ese mismo momento se le deben reconocer los derechos de la persona, principalmente el derecho inviolable de todo ser humano inocente a la vida.”

“La doctrina recordada ofrece el criterio fundamental para la solución de los diversos problemas planteados por el desarrollo de las ciencias biomédicas en este campo: puesto que debe ser tratado como persona, en el ámbito de la asistencia médica el embrión también habrá de ser defendido en su integridad, cuidado y sanado, en la medida de lo posible, como cualquier otro ser humano.”

Resulta muy significativo que en un asunto tan fundamental se eviten las afirmaciones explícitas del tipo “el embrión preimplantatorio es una persona” y se acuda a afirmaciones mucho más relativistas, del tipo: “exige el respeto moralmente debido al ser humano”; “debe ser tratado como persona”, o “debe ser defendido, en la medida de lo posible, como cualquier otro ser humano”. ¿Son simples circunloquios o es que el Magisterio quiere decir exactamente eso, que el embrión debe ser tratado como una persona aunque no se pueda afirmar que ya lo sea?

No es creíble que la Iglesia recurra a al discurso retórico en un tema tan sensible, por lo que en mi opinión el texto demuestra que el Magisterio de la Iglesia distingue claramente entre vida humana y persona humana. No son conceptos idénticos, aunque ambos merezcan el máximo respeto.

En este sentido coincido con el fallecido Javier Gafo, biólogo jesuita, cuando afirmaba:

“Es incoherente proclamar la inviolabilidad de la vida ya nacida y negársela al cigoto, al embrión o al feto: en todos los casos, estamos ante una existencia que tiene un destino humano, a los que falta aún mucho por avanzar en su proceso de maduración personal, pero que ya ha iniciado la apasionante aventura de entrar en un destino humano.”

Es decir, el embrión tiene un destino humano y por eso merece la máxima consideración y respeto, no por ser persona sino porque puede llegar a serlo.



escrito el 10 de Febrero de 2010 por en General

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2 Comentarios en El inicio de la vida y del individuo

  1. Jose Antonio Quirós Serna | 15-02-2010 a las 17:19 | Denunciar Comentario
    1

    De los tres cuestiones principales que creo rodean al eterno debate del aborto; la cuestión biológica, la civil y la ética, la primera de ellas es la que menos dudas ofrece al respecto. Y ésta si hay personas capacitadas para abordarla con seriedad, son los biólogos o los distintos científicos que la estudien como pueden ser los médicos.

    Sin ánimo de herir susceptibilidades, mi opinión es que sólo los científicos pueden decir qué es vida y qué no lo es. Los filósofos o los religiosos creo que no están capacitado para ello. La Historia demuestra que ambos colectivos “defienden” sus ideas sin ninguna base lógica, tan solo la interpretación de la verdad en aquellos que profesan la religión y el más amplio misticismo en aquellos que aman la filosofía.

    Si el cardenal Ratzinger en su día firmó un documento en el que se recoge la palabra “cigoto” y no fue él el que observó por primera vez el mismo, por lo tanto no creo que constituya el órgano competente para decir qué es vida, en lo que a células se refiere. Este desconocimiento se hace extensible al filósofo.

    Es el estudioso, es el científico quien, contra las férreas creencias (por cierto religiosas) ha ido acotando qué es la vida.

    En cualquier caso, es un texto serio e interesante, con distintos abordajes de una misma cuestión, al igual que el artículo del catedrático Nombela.

    Un saludo.

  2. alambique | 15-02-2010 a las 18:49 | Denunciar Comentario
    2

    No es un tema tan sencillo, ni siquiera para los científicos. Si lo fuera no habría espacio para la polémica. El propio concepto de vida tampoco ha estado siempre claro. Basta entrar en Wikipedia para encontrar un montón de definiciones diferentes y no siempre coherentes entre sí. Destaco la que parece más oportuna en este contexto: “Desde un punto de vista bioquímico, la vida puede definirse como un estado o carácter especial de la materia alcanzado por estructuras moleculares específicas, con capacidad para desarrollarse, mantenerse en un ambiente, reconocer y responder a estímulos y reproducirse permitiendo la continuidad.” Pues la realidad es que un cristal de una sustancia inorgánica puede responder a todos estos criterios: crece según determinadas pautas, se desarrolla intercambiando energía y materia con su entorno, se reproduce, genera defectos que también se reproducen y responde a determinados estímulos ambientales. Sin embargo, los cristales inorgánicos no son seres vivos, obviamente. En mi opinión, lo que diferencia a los seres vivos de los inertes es la presencia de ADN en sus células. Los propios virus estarían en la frontera entre lo vivo y lo inerte.

    La propia Lynn Margulis decía, cuando le dieron el Doctorado Honoris Causa por la Autónoma, que la vida es un proceso continuo: “un toro, cinco minutos después de morir, tiene exactamente los mismos componentes -DNA, RNA y proteínas- que cinco minutos antes de morir, pero ha perdido la capacidad de automantenerse y la estabilidad dinámica que es la vida.” Es decir, no hay una definición simple que satisface a todos. La visión científica es insuficiente y necesita apoyarse en visiones éticas y filosóficas que la complementen.

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