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Fronteras de la Ciencia

“Félix qui RERUM potuit cognoscere CAUSAS”

Augusto Ibáñez

FSM

Nos deja Lynn Margulis, una de las grandes

escrito el 25 de Noviembre de 2011 por alambique en General

Fue l’enfant terrible (la fille terrible, debería decirse) de la biología. Hace 45 años postuló la hipótesis de que las primeras células eucarióticas -con núcleo- se produjeron a partir de la fusión de bacterias primitivas hace miles de millones de años. Lo polémico no era tanto el proceso de interacción entre dos bacterias como el hecho de que esta hipótesis desafiaba las teorías neodarwinistas, que defendían las mutaciones al azar.

Esta teoría, llamada simbiogénesis, fue ferozmente atacada, aunque hoy forma parte del corpus básico de la biología evolutiva y aparece en todo manual preuniversitario. Lo mismo ocurre con su clasificación de los cinco reinos, presente en cualquier material curricular de Secundaria.

Lynn Margulis, UAM (1998)

Por esta y otras grandes aportaciones recibió en 1998 el doctorado honoris causa por la Autónoma de Madrid, y en 1999 la Medalla Nacional de Ciencia de los Estados Unidos. En realidad recibió una docena de doctorados honoris causa, y fue precisamente durante la ceremonia de nombramiento como Doctora Honoris Causa en la UAM cuando tuve mi primer encuentro con ella. Lynn era jovial y cercana, amante de la divulgación y muy sensible a la enseñanza de las ciencias. Se ofreció a colaborar en el proyecto de vídeos didácticos Ciencia en Acción, que estábamos desarrollando en SM, y colaboró con algunas explicaciones básicas de su teoría orientadas a alumnos de ESO. También nos facilitó una pequeña serie de grabaciones de microorganismos que ella había obtenido en su laboratorio, con ayuda de su hijo Dorion Sagan. Precisamente me referí a una de estas grabaciones en un post publicado en este blog el año pasado (“Colectivos inteligentes con individuos idiotas: la naturaleza ya lo había inventado”).

Margulis fue, además, una de las impulsoras, junto con el químico británico James Lovelock, de la conocida hipótesis Gaia, que asume que la biosfera constituye una especie de sistema que se autorregula. También fue una hipótesis muy polémica, o una hipótesis mal entendida, según explicaba la propia Margulis en un artículo publicado en Profes.net en 2001:

“La hipótesis Gaia ha sido mal interpretada por la comunidad científica. Durante más de 26 años se han estado publicando numerosos estudios que confieren un sólido fundamento al concepto Gaia; sin embargo, muchos de los científicos desconocen esta literatura. […] Según James Lovelock, químico atmosférico británico y padre de la hipótesis, el término Gaia es simplemente ‘una buena palabra de cuatro letras para referirse a la Tierra’, mucho más fácil de decir que ’sistema cibernético biológico con tendencias homeostáticas’. Su entonces vecino y posterior Premio Nobel de Literatura, William Golding, le sugirió el nombre de Gaia, o lo que es lo mismo, Gea: diosa griega que personifica a la Madre Tierra. A raíz de esta elección, se ha dicho que Gaia es ‘la diosa Tierra’ o que ‘la Tierra es un organismo vivo’. Estas son frases engañosas. Muchos de los trabajos científicos publicados sobre Gaia contienen terminología que ha sido mal interpretada. Por este motivo, queremos hacer constar que rechazamos la analogía de Gaia como un único organismo; básicamente porque ningún organismo vivo se alimenta de sus propios desperdicios ni recicla por sí solo su propia comida. Consideramos que es mucho más apropiado decir que Gaia es un sistema interactivo, cuyos componentes son los organismos. La hipótesis Gaia opta por la fisiología, no por la metafísica.”

Placa en honor a Lynn Margulis, Amherst (MA)

No fue esta la única polémica en la que se vio implicada; otras propuestas muy provocadoras, sobre el virus del SIDA, por ejemplo, generaron mucha controversia en la comunidad científica. Lamentablemente, Lynn falleció el pasado 22 de noviembre, en su casa en Amherst (Massachusetts), como consecuencia de una complicación tras un ictus que sufrió pocos días antes. Tenía 73 años.

En una calle de Amherst, su ciudad natal, hay una placa un tanto borrosa que recoge una frase suya: “Life actually forms and changes its own environment”. La vida no es fruto del azar, sino de la interacción entre los organismos: la vida crea y cambia su propio entorno.

Sin duda, nos ha dejado una de las grandes.


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Falleció Michael Hart, fundador del proyecto Gutenberg

escrito el 9 de Septiembre de 2011 por alambique en Tendencias

Hart fue un personaje carismático, austero hasta lo obsesivo, tecnólogo futurista y soñador; un megalómano comprometido por abrir a todo el mundo los tesoros que guardaban los libros.
Ya en los setenta soñaba con lograr una distribución electrónica universal del contenido de las grandes bibliotecas, e inventó el primer libro electrónico. Con el ebook creó el Proyecto Gutenberg como iniciativa para distribuir de forma eficiente y gratuita la literatura y soñaba con que algún día toda la humanidad tendría acceso a este legado. El Proyecto Gutenberg es atendido por voluntarios, y todos los ebooks son gratuitos.

Más información: http://latimesblogs.latimes.com/jacketcopy/2011/09/project-gutenberg-founder-michael-s-hart-has-died.html


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El próximo kilogramo patrón será algo más ligero

escrito el 8 de Mayo de 2011 por alambique en El porqué de las cosas, Enseñanza y aprendizaje de la ciencia

Hace años publiqué en Profes.net el artículo “El kilogramo patrón tiene problemas de peso”. Llamaba la atención sobre el hecho de que el kilogramo fuera la única unidad de medida del Sistema Internacional (SI) que requería un patrón material. [Aprovecho para recordar que el SI de unidades cuenta con siete unidades básicas: metro, kilogramo, segundo, amperio, kelvin, mol y candela.] El prototipo de kilogramo patrón es un pequeño cilindro de platino e iridio que fue fabricado en Londres en 1879 y se conserva, desde 1898, en la Oficina Internacional de Pesos y Medidas de París.

Kilogramo patrón

Prototipo de kilogramo patrón (BIPM)

Las servidumbres asociadas a un patrón material son evidentes: obliga a que exista un objeto físico de referencia, el kilogramo patrón, que debe ser custodiado con celo, porque todas las medidas de masa y sus derivadas, como la energía, se basan en él. ¿Qué ocurriría si lo robaran o si se perdiera en un terremoto, por ejemplo? Bueno, esta coyuntura ya fue contemplada en 1879, cuando se fabricó el prototipo de kilogramo patrón. En aquel momento se fabricaron réplicas de este prototipo que se custodian con mimo en diferentes lugares del mundo y, entre otras cosas, sirven para hacer medidas sistemáticas del prototipo de París.

Según las medidas llevadas a cabo en el último siglo, la masa del prototipo se ha ido reduciendo y el actual kilogramo patrón es algo más ligero que el inicial. Y el adelgazamiento es significativo: se estima que unos 50 microgramos; esto es, 5 partes en cien mil. 

Algunos medios dicen que 50 microgramos es un “cambio infinitesimal”, pero en absoluto es así. Cinco cienmilésimas de un gramo no es nada despreciable, y no solo a escala microscópica. Por ejemplo, si pensamos que en un paquete de kilo de arroz mediano entran unos 20000 granos, la pérdida de 50 microgramos equivale a un grano de arroz por cada paquete de kilo. Es verdad que nadie pediría la hoja de reclamaciones porque le retiren un grano de arroz de un paquete pero, en el mundo de alta precisión podría ser una variación muy significativa.

Por eso la Royal Society ha convocado a científicos de todo el mundo para buscar un patrón de masa que no sea un objeto material, de modo que la magnitud no cambie con el tiempo y sea reproducible en un laboratorio. Claro que el nuevo kilogramo patrón debe ser exactamente equivalente al proptotipo actual y, por tanto, unos cincuenta microgramos menos que el prototipo original, de hace 130 años.

De hecho, si los científicos convocados por la Royal Society decidieran volver a la masa original del prototipo, quedaría seriamente comprometida la precisión de muchos instrumentos, al cambiar todas las unidades dependientes de la masa, calibradas respecto del “kilo ligero” actual. Por eso es mejor que el nuevo prototipo sea exactamente igual de ligero, pero basado en el valor inalterable de una constante física universal. La elegida es la constante de Planck, asociada a la energía de un cuanto de acción. Se están haciendo pruebas en diferentes laboratorios del mundo para valorar la pertinencia de establecer la definición sobre esta constante, y en octubre de este año el Comité Internacional de Pesos y Medidas se pronunciará sobre la nueva definición del kilogramo. De aprobarse, el cilindro de platino e iridio pasará en pocos años a ser una pieza de museo, como ya ocurrió con el prototipo de metro patrón, fabricado en el mismo material, que quedó obsoleto al definirlo como la distancia que recorre la luz en una determinada fracción de segundo.


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Agua embotellada: un recurso natural convertido en negocio de alto impacto medioambiental

escrito el 1 de Mayo de 2011 por alambique en El porqué de las cosas, Energía y medioambiente

Leo en Scientific American que el agua embotellada es la bebida refrescante más consumida en Estados Unidos, después de la Coca Cola y la Pepsi Cola. Solo en USA, los norteamericanos consumen unos treinta mil millones de litros de agua embotellada cada año, es decir, unos cincuenta mil millones de botellas, principalmente de plástico. Todo el mundo conoce la procedencia de este plástico, pero las cifras marean:  según el Earth Policy Institute, la fabricación de botellas de plástico para atender la demanda de agua embotellada en USA requiere anualmente más de 1,5 millones de barriles de crudo, “equivalentes al combustible necesario para mover unos 10000 vehículos durante un año”.

Me surgen de inmediato dos cuestiones:

  • Primero, ¿qué se ha roto en la lógica de la humanidad para que un recurso natural se haya convertido en una bebida comercial? ¿Acaso el milagro de disponer de agua potable, sanitariamente controlada y barata en los grifos de todos los hogares del Primer Mundo no es suficiente?
  • Y segundo, ¿qué coste/impacto medioambiental tendrá esta extravagancia de nuevo rico? Aunque el Primer Mundo pueda permitírsela, ¿es sostenible para el planeta?

La primera cuestión es retórica; va ligada al esnobismo de nuevo rico, y lamentablemente tenderá a aumentar, como toda estupidez, con aguas embotelladas procedentes de los lugares más recónditos de la Tierra. Cuanto más exótico mejor y exclusivo mejor, es la lógica huera del nuevo rico.

La segunda es más cuantificable. Según el Container Recycling Institute (CRI), anualmente se usan unos 2,7 millones de toneladas de plástico derivado del petróleo para envasar agua. Un coste medioambiental brutal, a pesar de la sempiterna presencia del logo “reciclable” que llevan todas las botellas, para tranquilizar conciencias. Pero es puro marketing, como denuncia el informe del CRI: el 86% de las botellas de plástico en USA acaban en el vertedero, y no se recicla. ¡Cuántas aberraciones medioambientales se esconden detrás de ese logo, que bendice y ampara tanto despilfarro de recursos!

La paradoja es que aunque el coste del agua embotellada pueda ser miles de veces superior al del agua del grifo, no ocurre otro tanto con su calidad. Por ejemplo, en una ciudad como Madrid, donde las fuentes están meticulosamente controladas, la calidad organoléptica del agua del grifo es superior a la de muchas aguas embotelladas. A pesar de eso es difícil encontrar restaurantes madrileños que acceden a servirte agua del grifo, porque una buena parte de sus ingresos procede del agua embotellada.

Al menos el agua de los restaurantes viene en botellas de vidrio retornables, es decir, que se pueden reutilizar una y otra vez (espero que en la planta de aguas y no rellenando con agua del grifo, como algunos establecimientos te hacen sospechar). En resumen, si consumimos agua embotellada, procuremos al menos que sea de envases de vidrio, retornables; no de plástico “reciclable”, por favor.


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Los fumadores no son tan peligrosos como los políticos

escrito el 4 de Enero de 2011 por alambique en General

Leo en la prensa que Facua ha recibido una avalancha de denuncias contra establecimientos que se saltan la nueva ley antitabaco, hasta el punto de que se han visto desbordados en su planteamiento inicial de trasladar las denuncias a las consejerías de Sanidad de las comunidades autónomas. Me entristece esa respuesta masiva a tan patética llamada a la delación, alentada desde el mismísimo ministerio de Sanidad, por varios motivos:

Primero, porque ayuda poco a la cohesión social; solo sirve para abrir aún más la brecha entre ciudadanos y alimentar la exclusión. Basta leer los foros de la prensa para ver el nivel de agresividad e insultos entre fumadores y no fumadores (o más bien exfumadores, que son especialmente agresivos contra los que no han seguido sus mismos pasos).

Segundo, porque percibo cierto ensañamiento contra los fumadores, resultado de la insana costumbre de “hacer leña del árbol caído”. ¿No existía ya una norma que obligaba a crear espacios específicos para fumadores? ¿Por qué alimentar el disfrute maquiavélico de machacar aún más al fumador?

Tercero, porque la norma es sesgada y, por tanto, objetivamente injusta. La nueva ley se posiciona al 100% contra el humo del tabaco y excluye completamente otros humos igualmente tóxicos. ¿Cómo debe de sentirse un fumador al que alejan como apestado por los humos que produce con su pitillo cuando le obligas a respirar los humos nocivos producidos por otros, por ejemplo con sus vehículos? ¿No existe un claro desamparo?

Podría argumentarse que el humo del cigarrillo es singularmente tóxico, pero objetivamente no lo es más que otros gases producidos por la actividad humana. Permítanme revisarlo en dos lejanas experiencias:

  • Recuerdo viajes de avión, hace más de una década, en que se podía fumar a partir de una determinada fila. Para los viajeros de atrás era un suplicio aguantar a los de las filas delanteras que se iban a la zona de cola para echar un pitillo, pero no se conocen víctimas mortales inmediatas por este motivo. Sin embargo, si en uno de esos vuelos se hubiera producido una filtración que introdujera en la cabina los gases de la combustión de los motores, todo el pasaje hubiera muerto en poco tiempo.
  • También recuerdo haber viajado en autobuses donde mucha gente fumaba, sin que se produjeran víctimas inmediatas. Pero si el tubo de escape se hubiera introducido en el interior del autobús, pocos habrían sobrevivido a un viaje largo. No es una hipótesis; los nazis ya probaron esta forma de exterminio, con camiones cerrados en los que hacían entrar los gases de escape.

Se conocen muertes por intoxicación de personas que dejaron el coche encendido en un garaje cerrado, pero no hay noticias similares procedentes de garitos apestados de humo de cigarrillos. Desde luego, basta con respirar el humo del tubo de escape para producir víctimas mortales, algo que no ocurre de forma inmediata por muchos cigarrillos que fume la gente de tu alrededor. Es decir, a efectos prácticos parece más peligroso el humo de un motor de combustión que el de varios pitillos. De modo que un peatón que además sea fumador estaría moralmente autorizado a decir: “Bien, acepto dejar de fumar pero no me obliguen a respirar los humos igualmente nocivos producidos por otros”.

De hecho, la toxicidad de esos gases no es un asunto menor. No es solo el monóxido de carbono, ni los óxidos de nitrógeno, ni los humos. Hay que añadir los gases orgánicos no quemados y, especialmente, algunos componentes aromáticos altamente cancerígenos que se utilizan en algunas mezclas antidetonantes (en sustitución del nocivo tetraetilplomo). ¿Qué pasa con esos gases cuando no son destruidos por deficiencias en el proceso? ¿Qué pasa cuando el catalizador que debe acabar con los restos se envenene y deje de ejercer su función? Recuerdo que cuando surgió la gasolina sin plomo, subvencionada para forzar el cambio, un vecino me explicó que muchos talleres te ajustaban la combustión para que el vehículo antiguo, sin catalizador, pudiera gastar gasolina sin plomo, mucho más barata. “Todo el mundo lo hace”, me aseguraba. Claro que al no disponer de catalizador los peligrosos residuos cancerígenos salían directamente a la atmósfera. Pero, ¿a quién le importaba esto? Desde luego no a aquel vecino que, sin embargo, odiaba el humo del tabaco (me lo imagino regodeándose con la nueva ley).

La ampliación del ámbito coercitivo no era necesaria para proteger al no fumador, que ya disponía de espacios libres de humo, pero se ampara en la protección de los empleados que atienden los lugares para fumadores. La idea está bien, pero seamos consecuentes: ¿Vamos a prohibir, en consonancia, que circulen autobuses por las ciudades para proteger a los policías municipales que deben pasar el día en la calle? ¿O a prohibir la entrada de coches en los aparcamientos subterráneos para proteger a los vigilantes? Perdón por estas caricaturas, pero a veces hay que llevar las cuestiones al absurdo para expresarlas mejor.

Había olvidado decir que NO soy fumador, pero me inquieta este tipo de medidas tan radicales (y discrecionales, a la vista de otros temas graves sobre los que no se actúa igual) ante la sospecha de que me alcancen tarde o temprano. “Si no es esta, podría ser la siguiente. ¡Qué mal rollo ver que ponen tanta energía (autoridad) en esta insignificancia!”.


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Libros, amores y traiciones imperdonables

escrito el 23 de Octubre de 2010 por alambique en General, Personal

En la librería de un híper, donde las obras se disponen en “lineales” como las verduras, los lácteos y los artículos de limpieza, es difícil atinar en la selección de un libro. Por si fuera poco, el retráctil plástico que lo preserva del sucio manoseo por dedos que vienen de la fruta y de los congelados, deja pocas posibilidades a una cata inicial. Así que uno debe dejarse guiar por atributos externos y, especialmente, por la portada. Cualquier cosa es mejor que preguntar al empleado, que observa el lineal con gafas de reposición, como las que emplea en la zona de bollería, mientras comprueba la fecha de caducidad de los donuts. “Éste es el que se vende más”, es la máxima información útil que lograrás extraerle.

De modo que es la portada -con la globalidad de sus atributos, claro- la responsable del amor a primera vista. Tras el flechazo sostenemos delicadamente el libro entre las manos con cierta excitación, como tratando de anticipar los momentos de gozo que nos deparará. Y desde ese momento el libro pasa a ser un objeto especial. Lo pondremos en una zona protegida del carrito -generalmente, la destinada a transportar a los bebés- a salvo de las hortalizas, el detergente y el pescado y, al paso por caja, destinaremos una bolsa única para él, elevándolo a la categoría del crianza que también acabamos de adquirir.

Pero el acto no se consumará en el híper, ni siquiera al llegar a casa. Habrá que esperar a ese momento especial, de intimidad absoluta, para descorchar el vino, tomar el libro y dejar que se desaten las emociones. Con taquicardia, retiramos el retráctil -a veces con cierta rudeza, superados por la impaciencia- abrazamos el ejemplar y deslizamos ávidamente la mirada bajo sus cubiertas. Pocas experiencias son tan gratas como las de acariciar un buen couché, explorar delicadamente sus entrañas con tu dedo húmedo (el dedo pasapáginas, claro) e, incluso, oler su interior. Y si esto solo es el principio, qué será cuando nuestra mirada recorra cada carácter, cada línea, cada capítulo, y nuestra mente se funda con la obra en esa magia cálida que solo aporta la lectura.

Lamentablemente, ese umbral hacia el éxtasis es, con frecuencia, un anuncio de desastre, agravado por el fraude a nuestras expectativas, previamente reforzadas en el paso por caja. Abres el libro y encuentras una pésima edición y, lo que es peor, una historia banal, y se te cae de las manos con tu ánimo detrás, por el sumidero de la decepción. Hay quien tratando de salvar los muebles se impone una lectura rutinaria, como quien se impone cien abdominales cada tarde, pero yo prefiero pasár página y olvidar el fracaso cuanto antes. Existen demasiadas obras buenas por descubrir como para perder un tiempo precioso en el libro equivocado.

Y es que elegir libro en un hipermercado es tan arriesgado como conocer a una chica en una noche de copas. Bajo una música estridente las conversaciones se reducen a voces entrecortadas y gritos de comanda. La comunicación se basa en lo gestual y en el roce físico. Te engancha el aspecto externo, la portada de la chica, pero no hay forma de penetrar en su alma; de ahí el riesgo en la elección. Unos días después quedas con ella en una terraza tranquila, exploras ilusionado su interior y descubres, atónito, que no hay nada; todo era fachada.

Claro que no resulta fácil adentrarse en el interior de una persona que te ha deslumbrado por su aspecto externo -don José Ortega decía, cabalmente, que “ante una mujer extraordinariamente bella, uno se siente turista, en vez de amante”-, porque conocer el interior exige tiempos largos de conversación, de lectura pausada, de narración común, de recrear la historia y reinventarla juntos. Por eso cuando hace años aparecieron los chats de Internet, pensé que serían herramientas ideales para el enamoramiento. En aquellos chats iniciales, sin posibilidad de ver al otro, solo podías presenciar su interior. Y quien lograra encontrar a alguien sincero tendría garantizado un acceso privilegiado a su alma, sin los engañosos espejismos del físico. De modo que aventuré que los enamoramientos vía chat serían más profundos y duraderos que los habituales. Una vez enganchado del interior del otro es fácil asumir su aspecto externo, convertido en mero contenedor de un tesoro. ¿Qué importa que el libro sea feo si su historia es única?

No sé si esto será realmente así, pero al menos hay una historia que lo corrobora, una historia real. Amy Taylor, de 28 años, conoció a David Pollard, de 40, a través de un chat. Se enamoraron y decidieron casarse, primero con sus respectivos avatares en Second Life, y luego en un juzgado real. Aunque la realidad –dos personas muy obesas, de contexto económico modesto- nada tenía que ver con la de sus atléticos y ricos avatares, primó el gancho del interior frente al de la portada. Pero lo inaceptable es que Amy pilló a su marido –a su avatar, más bien- con una prostituta virtual en Second Life y, más tarde, flirteando con otros avatares femeninos. Amy se sintió tan traicionada que no dudó en solicitar el divorcio. Y con razón. Una cosa es un desliz puntual en el mundo real, gobernado por lo físico, y otra muy diferente es tontear con el interior. Si lo virtual es más sólido que lo físico a la hora del enamoramiento, también debería ser más exigente a la hora de la fidelidad.

Si bien sería duro saber que tu compañera ha tenido una aventura con un “boy” en una despedida de soltera, resultaría insoportable compartir con otro la emoción de penetrar en su alma, obviamente un espacio virtual. Si ella dejara a un extraño leer las páginas que solo abrió para ti sería una traición imperdonable.


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La mujer como elemento indispensable… para la inteligencia colectiva

escrito el 12 de Octubre de 2010 por alambique en El porqué de las cosas, General, Tendencias

Sí, ya sé, es un remedo de paráfrasis, bastante simplista, de aquel loco divertimento de Jardiel -“La mujer como elemento indispensable para la respiración”- por lo que pido disculpas, pero es a la vez un título pertinente para sintetizar lo que viene a continuación, que es bastante serio, créanme.

A primeros de este año se abrió un interesante debate en Aprender a pensar en torno al artículo de The Gray MattersLa gente es idiota; los grupos de gente no”, que apuntaba hacia el concepto de la inteligencia colectiva. En la misma línea escribí entonces, también en este portal, el artículo “Colectivos inteligentes con individuos idiotas: la naturaleza ya lo había inventado”, donde presentaba un curiosísimo caso de inteligencia colectiva en unos mohos ameboides unicelulares, y acababa con una provocación y una hipótesis:

“¿Imaginan lo que podrían lograr los seres humanos, infinitamente más inteligentes que una ameba, si fueran capaces de imitar un comportamiento similar? Probablemente, cuanto mayor es la inteligencia individual más difícil es crear una inteligencia colectiva, porque esto requiere sacrificios extremos que son incompatibles con un individualismo sobrevalorado.”

Sin embargo, debo reconocer que al aventurar que la inteligencia individual iba en detrimento de la inteligencia grupal -¿qué otra cosa podría decir ante ese comportamiento tan inteligente de las amebas?-, me precipité claramente. Rectifico gustoso tras leer esta mañana el artículo “Demostrada la existencia de la inteligencia colectiva” –de título bastante más impreciso, por cierto, que el de este post- que recoge las conclusiones de un trabajo de investigación del MIT, donde se pone de manifiesto que la inteligencia individual no influye en la grupal, ni para bien ni para mal.

En la investigación a que se refiere el artículo se propusieron diferentes tareas a unas setecientas personas, y se midió su rendimiento al resolverlas de forma grupal y de forma individual. Los investigadores detectaron mejoras significativas en el rendimiento de los grupos, que se tomaron como medida de la inteligencia colectiva. Ya se ve que llamamos inteligencia grupal o colectiva al fenómeno que se presenta cuando el rendimiento del grupo supera las capacidades cognitivas individuales de cada uno de sus miembros, algo muy claro en el ejemplo de las amebas sociales al que antes hacía alusión.

La investigación deja claro que lo que influye fuertemente en la inteligencia grupal es lo que llaman “sensibilidad social” de los miembros del equipo, es decir, la flexibilidad para aceptar las tareas y para que todos tengan oportunidad de aplicar sus competencias al reto propuesto. Por tanto, la inteligencia social no está reñida con la inteligencia individual, sino con la dominancia, el individualismo y la resistencia a cooperar.

Los grupos con más inteligencia colectiva son los que presentan una mayor capacidad entre sus miembros para percibir las emociones del resto. Y sociológicamente hablando, ¿qué colectivo de personas tiene más capacidad para percibir las emociones de los demás? Pues sí, las mujeres. De modo que la inteligencia colectiva de un grupo debería correlacionarse positivamente con el número de mujeres presentes en él.

Y así es. Los investigadores del MIT comprobaron que los grupos que contaban con un mayor número de mujeres demostraron tener una mayor sensibilidad social y, en consecuencia, una mayor inteligencia colectiva, en comparación con los grupos con menos mujeres. De modo que los datos confirmaron que el nivel de inteligencia colectiva de un grupo se correlacionaba claramente con la proporción de mujeres en el mismo.

De esta investigación se derivan aplicaciones inmediatas para las organizaciones. Para aumentar en ellas la inteligencia colectiva los investigadores proponen cambiar a los miembros excesivamente dominantes o enseñar a los equipos mejores formas de interacción. Claro que evitan decir lo obvio, y es que para mejorar la inteligencia colectiva hay que favorecer e impulsar la presencia de mujeres en los equipos.

¿Era necesaria una compleja investigación del MIT para concluir esta obviedad? Pues sí, porque aunque todo individuo dotado de un mínimo de objetividad y sentido crítico intuyera la gran aportación de la mujer a la inteligencia grupal, clave en cualquier organización, la tesis adquiere mucho más alcance tras ser corroborada por los datos experimentales.


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Adoradores de la ciencia, el nuevo becerro de oro

escrito el 26 de Septiembre de 2010 por alambique en El porqué de las cosas, General, Tendencias

El último libro de Stephen Hawking, The Grand Design (Bantam 2010), ha destapado la caja de los truenos contra todo lo que suene a religión y sentimiento de misterio, de modo que en cuanto se anunció, periodistas, blogueros y tertulianos se apuntaron a una nueva caza de brujas, con la ciencia a modo de ariete, y eso desde antes de que estos destroyers mediáticos hubieran accedido a la publicación. Los argumentos con que cargan suelen ser bien escasos. Lamentablemente todo su argumentario se limita a una fe ciega en la ciencia, un rancio cientifismo de raíces positivistas, que seguramente se nutre en la penosa incultura científica de nuestra sociedad.

La paradoja es que pasamos desde una atribución acientífica a un ser sobrenatural de aquello que no entendemos, a atribuirlo, también de forma acientífica, a un nuevo mito. Digo eso porque esa  supuesta “Ciencia” omnisciente y todopoderosa es un nuevo ídolo, un nuevo dios con otro nombre. Y lo que está ocurriendo es una mera trasposición dogmática de las inquietudes humanas desde el ámbito de la religión al ámbito de una entelequia llamada “Ciencia”, pero que no tiene nada que ver con la verdadera ciencia.

Los filósofos de la ciencia, como el gran Popper, dejan bien claro que la ciencia es exactamente lo contrario de esa fe ciega y, además, incompatible con ella. La ciencia, en palabras de Popper, “es una aproximación a la verdad a través de la crítica”. Es una gran empresa humana, con un método excelente de aproximación  a la verdad a través de los métodos científicos, y por eso es el motor del progreso de nuestra sociedad,  pero también tiene sus limitaciones:

  1. Una limitación tiene que ver con la falsabilidad: solo pueden ser objeto de la ciencia las hipótesis falsables, es decir, susceptibles de que se pueda comprobar que no son verdaderas.  En caso contrario no podríamos hablar de una hipótesis, sino de un dogma. Por ejemplo, la ciencia no podría debatir sobre el sexo de los ángeles, ni sobre la existencia de Dios.
  2. Otra limitación tiene que ver con el propio método de la ciencia. Escribía recientemente John Horgan en Scientific American: “La ciencia trabaja sobre preguntas que pueden ser contestadas, al menos en principio, y la filosofía sobre cuestiones que no tienen respuesta”.  Más bien, la filosofía trabaja sobre las fronteras del conocimiento, incluidas las de la ciencia.  Por eso, el avance de la ciencia va ganando terreno a la filosofía. Incluso se está adentrando en el territorio de la mente, a través de la neurociencia, y desvelando incluso las raíces de la moralidad. Pero aunque los científicos puedan acercarse a los lugares del cerebro que gestionan la moral y explicar cómo trabajan, no podrán decirnos cómo debemos vivir. Es la diferencia entre el “es” del científico y el “debe ser” del filósofo, que seguirá tratando de formular reglas morales. Como dice el citado artículo, La diferencia entre un científico y un filósofo es que ante una pregunta que nunca podrá ser contestada, el filósofo siempre puede emplear la argumentación. De hecho, el progreso filosófico no está tanto en la precisión de las respuestas como en el refinamiento del debate.

En su artículo, Horgan se refería de forma muy ácida al químico inglés Peter Atkins, un personaje “tan ateo que a su lado Richard Dawkins parece el Papa”. Precisamente, este verano estuve releyendo un par de libros de Atkins, “Galileo’s finger”, una reflexión sobre la ciencia y la evolución, creo que aún no  disponible en versión castellana, y “La creación”, un curioso libro que publicó Salvat en los ochenta. En esta obra, Atkins presentaba una argumentación muy original para justificar la hipótesis de que Dios no es necesario, y su lectura es fluida y consistente hasta llegar al final del libro, cuando trata de abordar la gran pregunta  “¿Por qué hay algo en vez de nada?” Ahí, la argumentación se hace tan retorcida y las tesis tan inverosímiles que, sin quererlo, acaba por reforzar las tesis deístas, tal es la sensación de fracaso en su intento de justificar la hipótesis inicial, aunque esto es una opinión personal, lógicamente. El libro me transmite cierta esquizofrenia, entre una explicación científica coherente después del Big Bang y otra fantasiosa y acientífica antes.  ¡A ver si en el fondo Atkins es, muy a su pesar, un deísta!

Pero no es mi intención entrar ahora en este asunto, tan jugoso que dejaré para otro momento, sino reforzar la tesis presentada al inicio de este post. Como es lógica, no tengo nada que objetar contra este fenómeno creciente de personas  que manifiestan una fe ciega en una supuesta ciencia omnipotente, pero  sí debo expresar mi alarma ante un par de cosas que chirrían. Una, que esa supuesta Ciencia totémica y todopoderosa alimenta un mito más cercano al mundo de la religión que al de la verdadera ciencia. Dos, que ese cientifismo militante es incompatible con el concepto de ciencia y puede acabar dañando, en su esencia misma, a uno de los motores más activos y fecundos en el progreso de la humanidad.


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Solo valoramos como expertos a quienes dicen lo que esperamos oír

escrito el 24 de Septiembre de 2010 por alambique en El porqué de las cosas, Enseñanza y aprendizaje de la ciencia

¿Por qué hay tanta gente que cree en la astrología? ¿Cómo se explica el avance imparable de las seudociencias, conquistando más y más canales televisivos? ¿Por qué los brujos, adivinos y quiromantes gozan de tanta credibilidad?

Nunca he podido entender que haya personas que escuchen antes a un curandero que a un médico. ¿Por qué no creen en los expertos? Pero he leído un resumen de una investigación que da pistas para explicar ese extraño fenómeno.

La clave no está en que la gente no crea a los expertos, sino en que solo consideran verdaderos expertos a los que encajan con sus propias ideas. Es decir, lo que realmente influye en nuestra opinión no es lo que dice un experto, sino nuestras propias creencias.

Pensemos en un médico que se manifiesta abiertamente en contra de las seudociencias  y que atiende a un amplio grupo de pacientes, unos fieles creyentes en el espiritismo y otros convencidos de que es un camelo. Si el médico les dice a todos ellos que las plantas medicinales no sirven para su dolencia, estos últimos creerán que es un verdadero experto, mientras que los primeros pensarán que no sabe gran cosa, y acudirán al herbolario.

Algo así es lo que explica el estudio publicado en el Journal of Risk Research, que resume Scientific American. Los investigadores presentaron a los participantes en la prueba a un supuesto científico que creía en el cambio climático. ¿Cómo fue valorado por los participantes? Las personas que pensaban que la actividad económica daña al medio ambiente lo tomaron por experto, mientras que la mayoría de los que pensaban lo contrario no aceptaron que fuera realmente un experto. Después los investigadores repitieron el experimento con otro grupo de personas, a quienes presentaron el supuesto científico explicando que era muy escéptico sobre el cambio climático. Lo que ocurrió entonces es que quienes pensaban que la actividad humana no daña al medio ambiente aceptaron que era un experto, mientras que quienes creen que la economía sí daña al medio opinaron que no era un experto.

Esto mismo lo repitieron con otros temas, como el de los residuos nucleares, con similar comportamiento. La conclusión es que la gente solo valora como experto real a un científico cuando la postura de éste concuerda razonablemente con la suya.

Por tanto, es algo más fácil entender ahora cómo hay tantas discrepancias ante cuestiones que, aparentemente, se podrían dirimir mediante estudios objetivos. El problema es creer en el valor de dichos estudios, que dependerá de nuestra posición personal previa. Si concuerdan, serán excelentes estudios (pensemos, por ejemplo, el la relación entre ordenador y aprendizaje), y si no concuerda, los descalificaremos como irrelevantes. Al menos saber esto ayudará a acercar posturas irreconciliables.


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Nada de viajes siderales: te envejecen demasiado

escrito el 23 de Septiembre de 2010 por alambique en El porqué de las cosas

 
¡Vaya hombre! Siempre creí que como recurso último para alargar la vida, teníamos la opción de movernos por el espacio a velocidades hipermegasónicas, convencido por los libros de física que un viaje con velocidad próxima a la de la luz sería el equivalente al elixir de la eterna juventud. El ejemplo más cinematográfico es el del Planeta de los simios, donde los viajeros vuelven lozanos de un viaje espacial, mientras que en la Tierra ha transcurrido una eternidad y no hay nada reconocible.

Pues no, esto ya no funcionaría. No es que los físicos hayan cambiado los principios relativistas, sino que existe un problema práctico: nuestro cuerpo no aguantaría. Ni siquiera es por el problema de acelerarnos hasta la velocidad de la luz, sino un tema más pedestre: el espacio acelera el envejecimiento celular. Lo dice claramente uno de esos sesudos estudios americanos: la vida en el espacio te deja hecho unos zorros.

El estudio en cuestión, realizado por investigadores de la Universidad de Milwaukee sobre astronautas que pasaron seis meses en la Estación Espacial Internacional (ISS), da unos resultados espeluznantes:  pérdida brutal de la fuerza muscular -equivalente a que un individuo de entre 30 y 40 tenga la musculatura de uno de 80-, pérdida de masa ósea, debilitamiento del sistema inmune, trastornos del sueño y alteraciones en los nervios vestibulares, relacionados con los reflejos en el equilibrio. Y eso sin perder de vista la amenaza de la radiación cósmica, que provoca alteraciones en el ADN y puede generar cáncer.

Si todo este cúmulo de desgracias les pasa en pocos meses a astronautas bien entrenados, mejor no pensar en embarcarnos en un verdadero viaje sideral, y menos a velocidades cercanas a las de la luz. Si de un vuelo doméstico en Ryanair ya sales irreconocible, ¿cómo sería el aspecto en el caso de un viaje a Marte, tras un año de ida y otro de vuelta?

Ayudaría bastante recurrir a generar una gravedad artificial, que sobre el papel no es tan difícil. Bastaría con hacer girar la nave hasta que la fuerza centrípeta simulara la terrestre. Para evitar el efecto centrifugadora, habría que emplear naves de tamaño enorme, como esas naves nodriza de las películas de marcianos, que suelen estar en rotación permanente.

Pero después de conocer el informe del Milwaukke, mejor no pensar en efectos relativistas ni en gravedades artificiales. Me conformaré con disfrutar, desde el sofá, de buenas películas de ciencia ficción.


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